¿Dónde está la puerta? O la gatera, si se prefiere. O la escotilla, o la trampa. Podría ser el título de un entretenido juego de rol aplicable a los honorables y excelentísimos ciudadanos y ciudadanas en cuyas manos ponemos nuestro destino cada cuatro años. Todos juran el cargo con el rabillo del ojo puesto en los negocios que pueden sustanciar durante su permanencia en la poltrona y el agujero por el que escaparán hacia un mundo mejor cuando las urnas les retiren la confianza. Los partidos son asociaciaciones de prestidigitadores. Para algunos, la luz del escenario se enciende sin que hayan conseguido encontrar la salida y aparecen ante el público con el truco a medio desarrollar, con grave riesgo de que despierte el interés del fisco o de la guardia civil. Así que, simplemente, se esfuman, si pueden, cuando aún están a tiempo. Es lo que ha hecho ese parlamentario madrileño que ha preferido renunciar a su escaño antes que declarar su patrimonio. Inesperadamente, la poltrona deja de ser una oportunidad y se convierte en un lastre, así que, hola y adiós. Y a los votantes, a las ideas, al servicio público, a la entrega al pueblo, que les den. Ahora ya sabemos por qué el PP quería eliminar del currículo escolar la asignatura de Educación para la ciudadanía. Mucho mejor la clase de religión, donde puedes salir de cualquier lío por la puerta del confesionario. No todos, ni todas, sin embargo, tienen la mala suerte del parlamentario madrileño. Ahí está la ex presidenta de mi pueblo, de la que ya se ha hablado aquí hace un par de días: una bromatóloga, en todas las acepciones de la palabra, que anunció en su retirada que se iba de la política “sin puerta trasera ni puertas giratorias» y ha aparecido, hale hop, investida (y remunerada) como consejera de una empresa de televisión digital (semipública, en el sentido que su dirección está colonizada por cargos a dedo del poder político-económico, empezando por el presidente de la compañía). Por cierto, soy abonado de la plataforma televisiva que va a pastorear nuestra ex, y es un cascajo: cara, reiterativa y huérfana de creatividad y servicio. Aunque la nueva consejera tiene experiencia en la gestión de esta clase de instituciones en declive, y, en ese sentido, es posible que haga un buen trabajo en su nuevo empleo. Ya lo hizo con la caja de ahorros provincial, ahora liquidada, y recibió por ello, entre otros reconocimientos en cash, un doctorado honoris causa por una universidad jesuítica a donde acudió del bracete del banquero que compró la caja de ahorros a precio de ganga. En un mundo lleno de agujeros, solo los tontos se ahogan.