El diario decano de mi pueblo tuvo antaño una sección titulada Navarros que triunfan en Madrid, o algo así, por la que desfilaban personajes de la aldea que habían conseguido dar un pelotazo financiero en la capital, u ocupar un cargo ministerial o diplomático, o conquistar al público de la villa y corte por sus cualidades como artista de varietés. La curiosidad del lector local desfilaba desde esta sección a la de esquelas pasando por las páginas que informaban del precio del cordero lechal, vale decir, desde la gloria a la nada pasando por el pan nuestro de cada día. Madrid era el punto más lejano por el que la imaginación popular podía medir el éxito de una vida. Había otros aún más lejanos, claro, como París, pero estaban al alcance solo de tipos de otra galaxia, que ni siquiera parecían de aquí, como Sarasate. Y así hemos llegado hasta hoy en que, de nuevo, una paisana ilustrísima (excelentísima, para decirlo según el protocolo) triunfa en Madrid. La ex presidenta de nuestra diputación provincial “ficha”, como dicen los titulares de prensa, como consejera independiente externa de una operadora de televisión de Telefónica, cargo compatible con su puesto de catedrática de Nutrición y Bromatología en la UPNA. Bromatología e ingeniería de televisión digital en días alternos. Ya me dirán si esa chica no es lista y polivalente y si no merece triunfar en Madrid o donde sea. En la fauna política local, era un ave del paraíso, resuelta, desenvuelta, estilosa, fotogénica, el espécimen más llamativo de la élite extractiva local. Su plumaje y su vuelo no estaban contaminados por los hábitos de la fauna indígena, pero los mimetizaba con asombrosa sagacidad y un encanto forzado. Populista, diríamos ahora, pero de los de antes, los que no eran malos. Natural de Burgos, cada seis de julio parecía más pamplonesa que nadie; de formación científica, no dudó en subvencionar a los ganaderos por las presuntas pérdidas que les ocasionaban los ataques de buitres repentinamente convertidos en aves predadoras (no es una metáfora); alcaldesa en los tiempos de bonanza, fue pródiga y dispendiosa, y promotora de caros proyectos inanes como el museo del encierro, y, en su última etapa como presidenta del gobierno, vendió en almoneda la caja de ahorros provincial después de haber asistido a su desguace en la presidencia de la entidad y de haberse embolsado algunas dietas y emolumentos por tareas que evidentemente no hizo. En su decadencia política se cruzó, según cuenta la prensa especializada, con el empresario que se ha hecho famoso por dirigir el coro de los hooligans de Rodrigo Rato, lo que debió significar el ascenso a la liga de campeones. Así que levantó por fin el vuelo, no sin resistencia, pues no era de las que abandonan la plaza a la primera dificultad, cuando ya era evidente que estaban talando el árbol en que se había construido el nido. Ahora ha dejado las astillas en la provincia y se ha encaramado en una rama de Telefónica, en este ecosistema de capitalismo de amiguetes del que tanto disfrutamos. Crucemos los dedos para que no lo notemos en el recibo.
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