La guerra fría desplazó los conflictos calientes a la periferia del sistema, fuera del radio de acción de los amenazadores misiles balísticos que “podían destruir el mundo”, y la periferia estaba, y está, en el hemisferio sur. Guerras localizadas, de kalashnikov, agentes de la CIA, masacres de campesinos y desapariciones de estudiantes y obreros. Las potencias de la época, que son las mismas que ahora, jugaban en un doble tablero de ajedrez. Europa era objeto de una rivalidad a cara de perro, entre amenazas de aumento del arsenal nuclear y acuerdos para contenerlo, que dejaban el conflicto congelado y permitía a las grandes potencias extender sus áreas de influencia por los países del sur, inevitablemente dotados todos ellos de dictadores tenebrosos que eran, en cada campo, «nuestros hijos de puta”, en palabras del secretario de estado de Estados Unidos, Foster Dulles, para calificar al siniestro Anastasio Somoza, que dirigía por delegación los destinos de Nicaragua. Este país es un buen ejemplo de la cantidad de sangre que le ha costado adoptar un sistema aproximadamente democrático en el ajedrez de las dos superpotencias nucleares. Siria es, por ahora, el último conflicto de los buenos viejos tiempos de la guerra fría, que, como todo el mundo sabe, terminó con el desplome de la Unión Soviética. Esta agrupación de repúblicas formalmente extinta tenía un régimen y una tradición imperial que se remontaba al gran ducado de Moscú y lo que falló fue el régimen, no la tradición. Entretanto, los antaño llamados movimientos de liberación nacional se han convertido en ejércitos yihadistas y los territorios liberados por la guerrilla en estados islámicos. En este contexto, el presidente ruso no está dispuesto a conceder la cabeza de su hijo de puta local en Siria, mientras que los bando opuesto no quieren que ese país se convierta en un exportador neto de refugiados y terroristas, que, en algunos cálculos, por ejemplo, en los del gobierno español, son casi la misma cosa. Y hay más, la guerra ha pasado de fría a humanitaria y en el campo de batalla andan mezclados, además de los sospechosos habituales -combatientes armados de ininteligibles ejércitos y población civil desarmada-, organizaciones no gubernamentales exportadas por los mismos países que bombardean los objetivos desde un ordenador a miles de kilómetros de distancia. Si se estableciera un tribunal por crímenes de guerra, la pena impuesta sería desmontar el disco duro porque los que lo manejan están aforados, como los políticos españoles. Lo de Siria se ha convertido en un maldito lío, que, si se suma a los de Afganistán e Irak, amenaza convertirse en monumental. Menos mal que aquí ya estamos bastante ocupados con la independencia de Cataluña y la tontucia de Rajoy.
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