Una nueva formación de izquierdas en el horizonte. Un déjà vu para los que ya teníamos uso de razón en los años setenta del pasado siglo. La proliferación de izquierdas indistinguibles entre sí es un fenómeno muy vistoso y distraído que indica el principio de un cambio de signo en la ideología dominante pero que, a fuer de expansivo, nos aleja del meollo de la cuestión, vale decir: cómo y para qué queremos desalojar a la derecha en el poder. Desde una perspectiva dialéctica, estamos en la tesis; falta pues la antítesis y, desde luego, la síntesis, lo que ahora se llama una fuerza inclusiva, transversal, interclasista, plural, abierta, etcétera, bien mirado, lo contrario a una síntesis. La izquierda que se anuncia ahora quiere soslayar a Podemos, que en unas semanas ha pasado de emergente a viejuno, y quiere hacerlo por una razón muy convincente, porque “Podemos deja fuera a personas relevantes de este espacio político”. La izquierda como ómnibus. Pero veamos, si la derecha, que representa a la oligarquía, que por definición son cuatro gatos, tiene problemas para incluir a todos los de su cuerda, ¡qué problemas no tendrá la izquierda, que representa al vasto e inabarcable pueblo llano! En Cataluña, donde como siempre van por delante, ya han superado la fase gaseosa y la situación se ha solidificado en resultados concretos en las urnas. Ahora, el dilema está entre la nación y la utopía. La síntesis sería una nación utópica pero ¿cómo se come eso? El caso es que el taimado Artur Mas, que ya ha empezado a hacer juegos de trilero con las cifras de su plebiscito encubierto, necesita los votos de un pequeño grupo de franciscanos descalzos para conseguir algo tan simple como ser entronizado en la jefatura del país. Los de la candidatura de unidad popular, otro mantra, vienen de una robusta tradición catalana de anarquistas, esperantistas y vegetarianos que aspiran a una república sin obispos, militares ni banqueros, y ya lanzados, sin alianzas internacionales ni moneda europea, todo lo cual recibe el nombre genérico de “España”. Un 8,2% del censo les apoya en sus razones, lo que en términos cuantitativos no es gran cosa pero que, por albur del famoso plebiscito, se ha convertido en decisivo. Se puede decir que los ojos del mundo están puestos en esta pequeña cofradía y no para que alcancen la utopía que pregonan sino justamente para que la traicionen. Los poderes terrenales esperan que algunos de estos franciscanos (se necesitan dos de diez) cuelguen los hábitos y voten por el autodesignado papa. Es el sino de la izquierda: si no tiene el poder no puede alcanzar la utopía, y si lo tiene, descubre que la utopía no existe. Por eso se llama utopía.