En las últimas semanas he asistido a dos eventos, como se dice ahora, a los que he sido convocado por razón de edad. El primero fue un homenaje funerario a un amigo ido; el otro, un dilatado café de sobremesa con otro amigo remoto. La primera de estas convocatorias tuvo un carácter colectivo y asistimos unos cuantos de la pandilla de antaño, casi todos, para decirlo mejor. Aquello parecía la última secuencia de El baile de los vampiros, la peli de Polanski, en la que los colegas emergen de los féretros donde se alojan desde tiempos inmemoriales para celebrar no sé qué acontecimiento. Un extraño vacío reinaba entre los apretones de manos, los abrazos y las palmadas en la espalda, no porque estos gestos de camaradería fueran insinceros sino porque habían perdido la energía y el sentido que tuvieron, inencontrables ahora en los traicioneros recovecos de la memoria. Durante unos interminables segundos mantuve estrechada la mano con un viejo amigo, un tipo excelente y cordial al que en aquel momento yo miraba fijamente mientras intentaba recordar su nombre. Lo recordé horas más tarde, cuando ya ambos habíamos desaparecido de nuevo de la vida del otro. Estos prolegómenos duraron poco, antes de que proyectaran en una pantalla un power-point (filminas, hubiéramos dicho cuando entonces) con imágenes del homenajeado en las que aparecíamos los demás con él. Un espectador joven, y había unos cuantos en aquel acto, no hubiera sabido decir cuántos muertos mostraban las imágenes, ni hubiera sospechado que los muertos estaban junto a él, erguidos, ligeramente sonrientes y confusos. Todas las imágenes pertenecían a un periodo muy corto (y muy lejano), de tres o cuatro años, los de tránsito entre la adolescencia y la juventud, como si el finado no hubiera vivido cuarenta y tantos años más en los que hacemos todo lo que aparece en una biografía, un currículo o el artículo de la Wikipedia. Lo que emergía de aquella oscuridad eran las últimas fotos que nos hicimos juntos, polluelos de la misma puesta, en el breve lapso entre la eclosión del huevo y el primer y definitivo vuelo hacia donde nos llevaron el carácter y las corrientes de aire. Volví a sentir esa sensación de tiempo vacío días más tarde, mientras atendía a la perorata de otro buen amigo de la época de las filminas –mi mejor amigo, entonces- en la terraza del club de campo de la privilegiada urbanización en la que vive. No conseguía seguir el hilo de su relato, contado con pasión y determinación, y dejé que fuera una cierta forma de piedad, un destilado de la antigua amistad, el que sustituyera a mi atención, hasta que el relato retrocedió lo bastante hasta llegar al tiempo que compartimos, un tiempo de inocencia, de esperanza, de despiste. En este punto se produjo un chispazo, pero no volvió la luz.
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