Puede decirse que Stephen Hawking es un optimista histórico. Forma parte del reducido grupo de personas a las que los pronósticos más inquietantes les provocan una sonrisa, aunque en su caso sea una sonrisa perenne, no necesariamente por su voluntad. Es la contrafigura de la moda: un sabio penetrativo y visionario en un océano plano de multitudes ignorantes y ágrafas, y un inválido físico total en una sociedad poblada de dinámicos urbanitas que corren al atardecer con la lengua fuera. Tiene todos los atributos de extrañeza y misterio para ser adorado como un fetiche. Pero sus hipótesis vuelan impulsadas por las mismas corrientes que compartimos todos desde que la ciencia ficción es un género literario: máquinas inteligentes que esclavizarán a sus creadores y se adueñarán del planeta, visitantes de otros mundos que acabarán con la especie humana y bizarros exploradores terrícolas que llevarán la semilla de la supervivencia a una galaxia remota. Los libros llamados de divulgación de Hawking son inaccesibles incluso para un lector medianamente entrenado pero, cuando resume sus pensamientos a la mínima expresión -lo cual en él es una exigencia de la naturaleza, jamás podrán acusarlo de prolijo-, no solo le entendemos sino que compartimos su sonrisa con un autosatisfecho “eso ya lo decía yo”. En efecto, ¿quién no ha pensado en salir pitando de casa a otro planeta, digamos, una playa en el Caribe? y ¿quién no ha sentido la insidiosa presencia de alienígenas en una cena de Navidad o en una reunión de antiguos alumnos? En cuanto al dominio de las máquinas, ahora mismo lo estoy experimentando. La divulgación es la jubilación de la ciencia, y por extensión de cualquier esfuerzo humano; el punto donde mengua la curiosidad y la osadía hasta extinguirse; el umbral tras el cual te has convertido en el abuelo Cebolleta y eres patrimonio de toda la familia. “Estás muy bien”, “tienes un aspecto inmejorable”, si eso oye un tipo que aún posee en razonable buen uso sus piernas y manos y su cabeza presenta aún pocos agujeros, ¿qué no tendrá que escuchar el que está inmóvil en una silla de ruedas desde su juventud y, a pesar de ello, es uno de los más reputados científicos del mundo? Larga vida a Stephen Hawking.
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