Ese vaivén de encuentros en la cumbre, palmaditas en la espalda, sonrisas forzadas, declaraciones elusivas y acuerdos inconclusos que constituyen la liturgia de la gobernación de la desunida Unión Europea es muy tedioso y fastidioso en todos los casos pero, en esta ocasión, con decenas de miles de refugiados al otro lado de la alambrada, resulta siniestro. Europa es una potencia débil y fragmentada, este es el mensaje que destilan los desacuerdos sobre cuotas de acogida, cierres de fronteras y excusas cicateras que los gobiernos europeos exhiben estos días ante el mundo. Un principio es cierto: el país que acoge inmigrantes con generosidad y sentido de la justicia es un país fuerte, que confía en sí mismo tanto o más que lo que confían en él los inmigrantes mismos. La inmigración es siempre un factor de prosperidad para el país receptor. Otra cosa es que sus estructuras políticas y económicas estén anquilosadas o sean raquíticas, atrasadas e inoperantes y sus dirigentes carezcan de imaginación para aceptarlo y de coraje para superarlo. En 1939, la Francia que rechazó a los combatientes republicanos españoles que huían del acoso del fascismo y los recluyó en campos de concentración en las playas era un país podrido, que un año después se dejó conquistar sin lucha por los alemanes con un viejo héroe nacional al frente del gobierno claudicante. Mi interlocutor me señala con su dedo índice y una mirada chispeante y arroja lo que le parece el argumento definitivo para desconfiar de los peticionarios de asilo: esa gente que quiere entrar no son pobres, son jóvenes y tienen estudios. Exacto, ¿no es esa la clase de trabajadores que debieran querer las empresas? El problema es que no tenemos empresas. Vivimos en un país en el que existe o existía hasta hace poco una ley de beneficios fiscales en el impuesto de la renta para atraer trabajadores extranjeros cualificados de la que solo se han beneficiado las estrellas de fútbol, que además traen su propio equipo de asesores para optimizar los chanchullos fiscales. La miserable cicatería ante los refugiados y la dificultad para crear empleo son dos caras de la misma política y de los mismos responsables. Y el miedo xenófobo, cuidadosamente fomentado, no refleja más que nuestra propia inseguridad cultural, por decirlo finamente en el día del alanceamiento ritual del toro de Tordesillas.
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