Ahora mismo repican las campanas de San Miguel. La santa madre iglesia tiene conmigo la benevolencia de hacerme partícipe de sus júbilos y aflicciones, muertes y resurrecciones, llamadas y mementos, cuitas y recompensas, a campanazo limpio. La parroquia está ubicada al otro lado de la calle, en el barrio al que los malintencionados llaman, no sin razón histórica, zona nacional, y ostenta en su interior un apreciable retablo romanista, que fue tallado para la catedral y en el que, muy probablemente, nadie repara, en parte porque aún son más ostentosos los gigantescos carteles pastorales que cuelgan de la fachada con frases como “Jesucristo nunca apaga el móvil”. El templo y su entorno urbano es una invitación a la melancolía. El atrio ampliado por el ayuntamiento hasta ocupar la acera está poblado en horas de culto por la nutrida y conspicua clase media que ha heredado la fe con el apellido, la cuenta corriente y la casa solariega. Enfrente, una de las plazas más coquetas de la ciudad penitencialmente llamada de la Cruz –lo que revela su inspiración nacional-católica, como el templo, obra de un arquitecto de pistola al cinto- donde ensayan sus desafinadas plegarias, a voz en grito y con rasgueo de guitarras, grupos de cristianos catecumenales o evangélicos que pregonan estar tocados por la gracia en un encomiable ejercicio de autoestima, y que han elegido este lugar no se sabe si atraídos por el entorno urbano o directamente para hacer la competencia a la parroquia católica, como los tenderos chinos pujan por sobrevivir en este mismo entorno comercial, hasta ayer honra y prez del pequeño comercio tradicional de toda la vida y hoy devastado por la crisis. La comedia humana se completa todas las mañanas con la cola multiétnica de emigrantes pobres en la puerta de la oficina de beneficencia, el mercadillo solidario en la sala del antiguo cine parroquial, las industriosas mujeres afanadas con un largo gancho en los contenedores de basura y, en los bancos de la plaza, una pequeña cofradía de alcohólicos indigentes que ven pasar ante sus ojos el día y a sus pobladores. Y sobre este paisaje que parece un remake de la España de los años cincuenta, chinos aparte, la banda sonora: las campanas. Eufóricas, pendencieras, autoritarias, atronadoras como la voz del Sinaí. Cierta tarde era tan despendolado el repique que los transeúntes desavisados miraban a lo alto esperando ver el milagro o la catástrofe congruentes con semejante estruendo, o quizás, a Quasimodo enamorado de Esmeralda. Otra vez las campanas. Esta es una de las razones por las que no comparto el temor a una hipotética invasión islámica, que parece atenazar a nuestro ministro del Interior y a sus correligionarios. No creo que el canturreo del almuédano sea ni la mitad de insufrible que las campanas de la parroquia. ¿Y si buscamos una solución práctica y misericordiosa e imitando a Cristo que nunca apaga el móvil convocamos a los fieles a misa por WhatsApp?