El papa de Roma ha decretado una amnistía de un año para las mujeres que han abortado como el ministro de Hacienda decreta una amnistía para los evasores fiscales. Después de ese plazo, las y los que no hayan confesado su culpa y hayan pagado una benigna penitencia para amigos, irán respectivamente al infierno o a la inspección fiscal. El Vaticano y el Gobierno manejan sus potestades normativas de manera muy similar, con liberalidad para los suyos y cicatería para los demás. En ambos casos, las clases menestrales estamos inermes, o pagamos o al potro. Este es un dilema escolástico muy frecuente, ¿qué es mejor, ir al infierno o pasar por la inspección fiscal? La respuesta más común es la primera opción. Para los ricos, porque tienen más que perder con Hacienda que con el cura de su parroquia, y, para los pobres porque no tienen alternativa y el infierno es ligeramente más improbable que el fisco. Entretanto, las mujeres que hayan abortado están excomulgadas. Es lo que papa y obispos llaman defensa de la vida y que no reza en todos los casos. No fue excomulgado, por ejemplo, y para no aludir a uno más cercano, el genocida general Videla, paisanete de Francisco, por cierto, al que vimos en memorable imagen comulgante con la punta de lengua entre los labios ante la hostia consagrada que le ofrecía su párroco, como un camaleón listo para zamparse a un mosquito en la punta de una rama. Fatiga volver una y otra vez sobre el monotema de papa y obispos, pero es que no paran. Diríase que les provocamos. El mundo se viene abajo y ellos siguen haciendo teología con la titola, que no es un ornamento litúrgico sino lo que usted está pensando y que escribo así para que se vea que Aznar no es el único que habla catalán en la intimidad. El caso es que la clerecía está particularmente inhabilitada para predicar sobre el sexo y la defensa de la vida. Lo primero, porque se lo han negado a sí mismos y ¿puede imaginarse un sumiller que no pruebe el alcohol por prescripción facultativa? Y segundo, porque constituyen un ente que habita en la eternidad y es ajeno a todo lo que la vida es: nacimiento, reproducción, evolución y muerte, en sus casi infinitas variables. ¿Qué conocimiento sobre el sexo y la vida puede adquirir alguien que dice haber nacido de una madre virgen? Cualquiera convendría en que ése es un mal principio para trenzar un discurso convincente, además de una imperdonable falta de respeto para la madre. Hay otra explicación congruente con la nacionalidad argentina del actual papa. Tal vez todas estas manifestaciones sobre el sexo y la vida escondan una intencionalidad psicoanálitica. Los obispos hablan de sus neurosis desde el púlpito. Bien, en ese caso el terapeuta sería el pueblo llano, y entonces debieran pagarnos las sesiones.
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