Mi generación -o quizás exagero y soy yo solo- arrastra una lamentable carencia de conocimiento científico. Recibimos una educación memorística, de valores estables y jerarquizados, que se transmitían mejor a través del latín que de las matemáticas. Esto no quiere decir que aprendiéramos latín pero desde luego es seguro que no aprendimos matemáticas, es decir, no aprendimos a preguntar, a experimentar, a equivocarnos, a aceptar verdades provisionales, y, sobre todo, no aprendimos a mirar la realidad con nuestros propios ojos. Aceptamos un mundo opaco y convinimos en que nuestra misión era glosarlo mediante incansables ocurrencias y metáforas. He llegado a una edad en que esta carencia de formación científica la siento como un lastre vergonzoso, no solo por lo que me priva de saber ni por lo que me impide que aprenda, sino porque me hace menos libre. Hay mundos que nos están vedados desde su mismo umbral y la temblorosa necesidad de husmear en su contenido nos llevó a la lectura de Oliver Sacks, que acaba de morir. Este neurólogo genial demostró que la fantasía de la naturaleza, susceptible de ser conocida por el método científico, era infinitamente más interesante y vertiginosa que la fantasía literaria, entre otras razones porque implica directamente la felicidad o la desdicha de los seres vivos. La mujer que confundió a su marido con un sombrero parece un chiste surrealista pero era un caso clínico. Es inimaginable el océano de perplejidad, dolor y confusión que hay bajo un estado de salud semejante. La literatura son juegos de palabras que pueden ser resueltos con otras palabras, pero la naturaleza es un juego real en la que el jugador no siempre canta victoria. En la carta en la dio noticia pública su irreversible enfermedad, en febrero pasado, Oliver Sacks escribió: “Debo decidir cómo vivir los meses que me quedan. Tengo que vivirlos de la manera más rica, intensa y productiva que pueda”. Su última colaboración de prensa, publicada este mismo mes de agosto, revela a un hombre que acompasó su respiración al conocimiento y a la curiosidad por lo nuevo, y conservó intacta una sosegada esperanza de que tal vez aún podría conocer un poco mejor el oscuro universo que nos rodea si el cáncer le concedía un día más de vida. Entretanto, el cielo estrellado le reveló que era un ser finito, una revelación que todos compartimos desde el simio que se irguió sobre sus patas traseras en el valle del Rift para otear el horizonte por encima de las altas yerbas. Ya no hay nada que podamos hacer por Oliver Sacks, pero sí podemos hacer algo por nosotros mismos: leer sus libros y, en lo posible, seguir su ejemplo.
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