Uno de los anhelos más vehementes de los viejos es ser dueños de nuestro pasado y que los recuerdos nos dejen en paz. Pero el pasado no es una propiedad tan privada como nos gustaría. La ciudad de provincias es forzosamente promiscua y en sus calles resultan inevitables los encuentros con personas que tiempo atrás se han cruzado en tu camino y, de alguna manera, despiertan estados de ánimo en los que se mezcla la sorpresa, la antipatía y, extrañamente, el temor. Uno de esos espectros del indomable pasado es Eransus. No sé su nombre de pila porque fuimos compañeros durante un curso o dos hace medio siglo y en aquella circunstancia nos conocíamos por el apellido. Es un tipo alto, espigado, al que la edad y la cerveza han otorgado una barriguita prominente, de aire absorto y diría que meditabundo si no fuera porque la expresión miope de su cara parece indicar que no encuentra la idea que está buscando. Lo que hace relevante a Eransus es que lo encuentro en cualquier lugar, cualquier día y a cualquier hora con una insólita frecuencia desde hace ya un montón de años. Generalmente, los encuentros callejeros con el pasado están regidos por dos principios que los hacen soportables: la rutina, que los vuelve previsibles, y su contrario, el azar, que los hace inciertos. Pues bien, los encuentros con Eransus ignoran estas cautelas. Ni sé dónde voy a encontrarlo, ni puedo esperar que no lo encontraré. Lo único seguro es que está ahí, como una parte ambulante del mobiliario urbano. Esta proliferante ubicuidad se vuelve contra mí porque quiere decir que yo también estoy ahí. Su mirada me cosifica, que díría Sartre, igual que la mía le cosifica a él. Es verdad que el instinto de supervivencia hace que esas miradas sean tan livianas, tan volátiles, que no dejarían huella en la memoria sino fueran tan forzosamente reiterativas. A estas alturas del cuento, el improbable lector de esta bitácora se estará preguntando que mórbido acontecimiento me unió en el pasado con Eransus para que estos cruces de dos destinos circulares provoquen tal suplicio, no por momentáneo menos intenso. Pues bien, todo se remonta a un caluroso día de primavera en el que Eransus acudió a clase sin libros y, para fingir lo contrario, me pidió uno de los míos. Le presté el de literatura para que lo tuviera abierto sobre el pupitre durante la clase, pero la tendencia al ensimismamiento de Eransus hizo que garabateara distraídamente algunas frases idiotas en una página de libro; cuando se dio cuenta, quiso remediarlo borrándolas pero como las había escrito con bolígrafo no se le ocurrió mejor procedimiento que rasparlas con una hoja de afeitar que entonces se usaba para sacar punta a los lápices. El resultado fue que me devolvió el libro maltrecho y agujereado, sin una disculpa. Una afrenta que solo lavará la muerte.
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