No es casualidad que las religiones del Libro hayan brotado en el desierto. Un dios abstracto, omnívoro y amenazadoramente eterno necesita el vacío para medrar: un lugar donde habitan los espejismos visuales y las alucinaciones auditivas y las zarzas arden sin consumirse a la puesta del sol. Al contrario que sus congéneres de otras partes del planeta, el dios de los beduinos no nació de una leyenda ofrecida por la naturaleza en la que participan la lluvia, las flores, los ríos, las nubes y los pájaros, sino que fue revelado por el silbido del viento entre las rocas peladas y el cielo incendiado sobre la cabeza. Su historia no es un cuentecillo que dé solaz en el fuego de campamento sino una fatigosa construcción teológica, una interminable pirámide de disquisiciones y mandatos que no tiene fin porque su propósito es llegar al cielo. El vengativo dios del desierto empuja a las caravanas a emprender la marcha, las hostiga por el camino y las espera en el punto de destino para pedirles cuentas. Los adeptos al Libro están, en consecuencia, aquejados de ansiedad, de intransigencia y, en último extremo, de nihilismo. Si su dios está en todas partes, ¿dónde están ellos?, ¿y qué deben hacer? Las tres religiones del desierto han seguido rumbos diferentes. Los cristianos se instalaron pronto en Roma y Bizancio -las babilonias de la época-, codificaron férreamente las enseñanzas del Libro para evitar disidencias y hacerlo manejable para la autoridad, y levantaron sendos imperios en oriente y occidente que les permitieron gozar sin medida de los frutos del paraíso terrenal reconstituido. Los judíos, a su turno, llevaron su desorientación y el susurro de sus plegarias por todo el mundo hasta que una señal (bien contundente, por cierto) les ordenó el retorno al desierto donde les esperaba una parcela de tierra prometida, no importa que hubieran nacido desde generaciones atrás en Cuenca, Vladivostok, Buenos Aires o Ciudad del Cabo. La tercera corriente de adeptos del Libro, los musulmanes, nunca abandonaron el desierto (no puede decirse que Al-Andalus fuera un vergel antes de que llegaran los huertanos árabes) y, por el contrario, se vieron invadidos en él, así que han iniciado su reconquista. La destrucción de los monumentos de Palmira por los fanáticos del estado islámico es un intento de restaurar el vacío primigenio. La dinamita abate la arquitectura y deroga la historia, hace tabla rasa del espacio y del tiempo, y devuelve los sillares tallados a la arena de la que proceden. Ahora, los fieles podrán oír sin interferencias la revelación que silba entre las dunas bajo el cielo estrellado.
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