Cuánto nos gustan las historias en las que la princesa se salva de las fauces del dragón por la intervención in extremis del caballero armado. Es una leyenda de los tiempos del Rey Arturo, cuando el Imperio Romano estaba en el desguace y había que dar sentido a los innumerables soldados de las legiones desperdigadas que andaban por los caminos en busca de empleo. Llega la caballería, dicen en los telefilmes los inocentes colonos, viejos, mujeres y niños, cercados por los indios, cuando oyen a lo lejos el trémolo del cornetín de órdenes. La última versión de esta historia heroica se reencarnó hace un par de días en el tren Ámsterdam-París, cuando dos marines, rangers, rambos o lo que fueran en el ejército norteamericano saltaron de la pantalla del televisor para salvar a los pasajeros del vagón de una muerte segura a manos de un fanático que empuñaba un fusil ametrallador. Ojo, ninguna broma cuando alguien salva la vida, aunque sea de una manera tan inopinadamente novelesca. Leo estos días los diarios de Victor Kemplerer, el lingüista alemán y judío, que también se hurtó a la cámara de gas por una inesperada y contundente intervención de los buenos. El día en que esperaba una inmediata citación del cuartel de la Gestapo en Dresde para su segura liquidación, 13 de febrero de 1945, los aliados arrasaron la ciudad desde el aire. Él y su esposa sobrevivieron entre los escombros pero el cuartel de la Gestapo no. Desde que lo sé, estoy dispuesto a creer que el bombardeo de Dresde, una ciudad bellísima, fue un acto de justicia. En el tren francés, el trámite se ha zanjado con menos ruido, pero los soldados salvadores pertenecen a la misma orden de caballería que los pilotos que salvaron la vida a Kemplerer. Desde aquella fecha, no podemos vivir tranquilos sin ellos a nuestro lado. En esa ensoñadora historia, el único personaje difícil de imaginar es el dragón. La dama y el caballero exhiben rasgos nítidos y claros, si bien también estereotipados, pero el dragón es oscuro, de perfiles borrosos y formas mutantes, y sin embargo es el más real de todos. En esta ocasión el dragón era una lagartija solitaria y rabiosa, criada en un humus de pobreza, desarraigo y fanatismo religioso que no desaparecerá cuando los demás personajes se hayan ido a sus hogares a celebrar su increíble suerte y nosotros los hayamos olvidado.
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