Una noticia de relleno en el periódico nos lleva a un pasado que parece una fábula. La censura franquista sajó y recortó en lo que le plugo las novelas del llamado boom latinoamericano, la última gran eclosión de alta literatura que ha registrado nuestra lengua. Hay algo de irreal, a fuer de ininteligible y remoto, en esta noticia, pero mi amigo lee con atención el reportaje durante el café de media mañana. Él perteneció a la esforzada secta de editores y libreros que abrieron a los lectores de la época puertas celosamente cerradas por la inquisición oficial mediante una tenaz esgrima de gato y  ratón con la censura, que para entonces era una institución anacrónica e ineficiente pero cuyos servidores seguían en su función y la ejercían con estúpida arrogancia. Funcionarios en un empleo por encima de sus capacidades intelectivas, escribidores de dictámenes obtusos, que gozaban del privilegio de conocer obras inéditas, novedosas y audaces, y que ejercían sobre ellas el placer de negar su conocimiento a los demás. Tipos a los que el estado les pagaba para que dieran rienda suelta a su resentimiento y arbitrariedad. Mi amigo levanta la mirada del periódico con una sonrisa de quien recuerda su vida de contrabandista. “Recurríamos a argucias inocentes, por ejemplo, cambiar alguna palabra del título del libro en el albarán de entrega de los distribuidores. El cambio era mínimo, a los enterados nos permitía identificar el libro pero se suponía que debía despistar al censor. Un día enviamos un lote de libros a la biblioteca pública de aquí que contenía La función del orgasmo, no sé si os acordáis, el librote aquel del alemán ese marxista, cómo se llamaba, Wilhelm Reich, y en el albarán pusimos, para despistar, La función del organismo, pero nos descubrió. Aún puedo ver al secretario de aquel director de la biblioteca diciéndome: El señor bibliotecario sabe muy bien lo que necesita la cultura de este pueblo”. Era a principios de los años setenta y habían pasado cuatro décadas desde que aquel bibliotecario, que marcaba los límites oficiales del conocimiento en la provincia, fuera un furioso caudillo carlista sublevado contra la república y la inteligencia, y el organismo seguía funcionando, con él, impertérrito, al pie del cañon, y nunca mejor dicho. Viejas historias, geología de la memoria, que ha registrado un extraño vuelco. Hoy nadie recuerda  a Wilhelm Reich y a su indigestible librote pero la memoria del bibliotecario aciago sigue en hablillas estos días porque sus descendientes están empeñados en evitar que se le recuerde tal como fue en la realidad: un servidor de la dictadura, un dictador delegado él mismo.