Este otoño es la primavera de los debates. Si los ciudadanos somos televidentes, nuestros gobernantes han de ser televisivos y el plató de televisión, la plaza pública, que, paradójicamente, tiene carácter privado porque se recrea en la intimidad del hogar. El debate es el tálamo donde se entrecruzan los sueños de unos y los apetitos de otros: las bodas de la democracia y, como toda coyunda matrimonial, han de ser a la vez ordenados y un poco picantes. Se acepta cierto grado de pugna y alboroto, un moderado revuelo de sábanas, siempre que sirva para reforzar la institución y no para destruirla. Y no se confundan con el hecho de que participen varios candidatos ni crean que por eso es una cama redonda porque cada ciudadano/televidente lo hace con su político/televisivo, aunque sin dejar de mirar de reojo al otro, como en un bloque de viviendas de protección oficial, que es el modelo habitacional y habitual de las democracias industriales, en las que ni la intimidad ni su contrario, el hacinamiento, son absolutos. Cada uno es libre con su papeleta de voto, mientras los sondeos de opinión chequean tu libertad con la oreja pegada a la pared de tu cuartito de estar. También hay vecinos que, ante un debate, cambian de canal y se lo hacen consigo mismos, aunque el objetivo de las bodas es que los abstencionistas se sumen al sexo productivo. Los protagonistas de un debate participan en él incluso cuando están ausentes, como Rajoy hace un par de días, tan visible tras su atril vacío. Nuestro bienamado presidente optó por el papel, típico también del matrimonio y de los sainetes, del señor serio de Pontevedra, de terno negro, cornudo y apaleado pero que conserva la llave de la caja de caudales soldada a la leontina, a buen recaudo en el bolsillo junto al corazón. Sin el aire cenizo que Rajoy presta a todo lo que hace, el baile nupcial resultó más animado pero también más banal, más irreal. Rajoy es un conservador impecable y quiere que el debate sea como toda la vida: dos cónyuges que dirimen quién mandará en el matrimonio. Ya veremos si el inmediato futuro no le da una vez más la razón. Entretanto, los organizadores de debates se lo están pasando en grande. Por fin, los tediosos periodistas políticos tienen la oportunidad de entrar con toda la parafernalia en la industria del espectáculo y competir de igual a igual con sus colegas de la prensa deportiva y del corazón. Eufóricos, antes nos enseñan el escenario del debate como quien muestra la suite nupcial y dan detalles de la ceremonia y de los participantes; después, comentan con afán de comadres las incidencias del festejo, los atavíos, los gestos, las palabras de los contrayentes… y unas horas, pocas, después, todo se ha olvidado. Si los debates son el apogeo de la democracia del espectáculo, las elecciones son el anticlímax, la hora del parto, y al día siguiente, los niños que berrean, la hipoteca, el trabajo precario, el marido diciendo una cosa y haciendo otra, y las interminables horas ante el televisor ¡sin debates!