La escena acontece en un turbio paraje pantanoso de la Amazonía, ante la amortiguada atención de un jubilado que sestea frente a la pantalla del televisor. Un jaguar devora una presa, un caimán en cuya cola afana sus mandíbulas. El caimán, que aún vive, asiste inmóvil a su sacrificio, sumido en un extraño y enervante estupor. La razón, se oye decir al comentarista del documental, es que la presa es de sangre fría y su sistema nervioso no traslada al cerebro los estímulos dolorosos que nacen en la cola triturada por los colmillos de su depredador. Retrapado en el sofá, el jubilado se siente aludido por la pasividad suicida del saurio y pulsa vigorosamente el mando a distancia. Las coordenadas del mundo cambian y en pantalla aparece el aguerrido portavoz del partido en el gobierno, que en un tono neutro y elusivo dice estar abochornado, etcétera por el enésimo caso de corrupción en el que aparece enfangado un puñadito de sus correligionarios, otro más. Este joven –cuya arrogancia linda con la estupidez y a cuyo delirante currículum ha incorporado la hazaña de haber parado a los tanques en la plaza de Tiananmen en 1989- ha sido elevado al cargo de portavoz por su jefe de filas para que la opinión pública le devore por los pies mientras la corrupción devora al partido por todas partes. En esta circunstancia, el portavoz y su partido exhiben la misma actitud estólida del caimán amazónico. La sangre fría es un término connotado positivamente en el habla común para referirnos a quien se muestra templado, valiente y resuelto ante una situación amenazadora o peligrosa, pero en la naturaleza también puede significar un déficit constitutivo en el sistema nervioso que, en la misma situación, impide reaccionar con rapidez y acierto. Seguramente, el aventajado portavoz está encantado con su fingida aflicción ante la corrupción rampante que debería servir para promover la empatía de sus votantes y, con suerte, de sus adversarios políticos, de igual modo que el caimán puede creer que su inmovilidad y el mero sacrificio de la cola disuadirán al jaguar de sus últimas intenciones. Lo que distingue al caimán del portavoz es que el primero no ha elegido su sistema nervioso pero el segundo sí a su partido.