Los ricos han entrado en una fase orgiástica -no en términos materiales porque en ese terreno han estado instalados desde siempre (que se lo pregunten a nuestro Blesa) sino, por decirlo así, filosóficos- y celebran a los ojos de todos un estrepitoso potlach en el que hacen alarde de sus riquezas, de sus ocurrencias y de su brutalidad, todo en dimensiones ilimitadas. Se abren la gabardina, para decirlo en términos que no aprobaría nuestra abuela, para que veamos lo grande que la tienen y hasta dónde nos la pueden meter. El 99% de la población, educada desde la cuna en el austericidio (que no es un invento de la señora Merkel, aunque se haya convertido en su fervoroso apóstol) recibe los ecos de la orgía con dolorosa incredulidad. No son los cantos de sirena que escuchó Ulises, que más quisiéramos, sino los chirridos de heavy metal que atormentan al prisionero de Guantánamo. El capitalismo como pesadilla. Es lo que encarna con jubilosa ferocidad el último ogro que ha surgido en escena: Donald Trump, quizás el próximo presidente de Estados Unidos. “No tiene ninguna posibilidad de ser designado candidato”, dicen sus críticos, pero encabeza las encuestas de su partido, el Republicano. “No tiene ninguna estrategia, se levanta cada mañana y piensa a quién puede insultar”, dicen, pero a los demás candidatos no les queda más opción que bailarle el agua. Este obsceno ricacho de modales tabernarios ya ha conquistado con sus atronadoras bestialidades el espacio del debate público y está más cerca que sus contrincantes de conquistar también la voluntad de la nación. No hay mayor error que tomar a broma a los demagogos en tiempos de crisis. El desorden social y económico que crea la desigualdad produce también un vacío insoportable para quienes se sienten excluidos, que, llegado el momento, votan a los ricos para ser ellos mismos ricos por delegación. ¿No fue este el comportamiento del electorado español cuando votó a Rajoy y compañía con el argumento de que la derecha entiende más de economía y crea más riqueza?