Los tuits no tienen contexto, se reproducen por generación espontánea. Son proliferantes, pegajosos, reiterativos o víricos, si se prefiere, pero carecen de marco discursivo. Quedan prendidos en la Red, como morralla, independientemente de que lloviera o hiciera sol el día en que se emitieron. Al contrario de los trinos de los pájaros, a los que remedan, no pueden cartografiarse según las estaciones del año, las horas del día o la vegetación del paisaje. Tampoco cumplen una función vital; no sirven para buscar pareja, ahuyentar a los predadores o mantener unida a la prole. Los tuits son la expresión momentánea, impremeditada, del estado de ánimo de un solitario, como una exclamación, un exabrupto o un pedo, y se producen en un microclima de irresponsabilidad. En resumen, no son un lenguaje sino un borborigmo. Por eso son tan perturbadores cuando retorna su eco. Nadie puede alegar, como hizo el concejal madrileño, que sus injuriosos tuits antisemitas y contra las víctimas del terrorismo y la delincuencia debían ser entendidos en el contexto de un debate sobre los límites del humor negro. Contexto y debate son términos restrictivos, que aluden a un orden y un sentido incompatibles con los vertidos que se arrojan a la Red. Al final, el concejal pidió perdón a quien pudiera sentirse herido por sus ocurrencias y retuvo el acta municipal para ejercerla en un cargo menos conspicuo que el de responsable de cultura. El nuevo político salió del trance sin advertir que lo que había resultado irreparablemente dañado por él mismo era su propia reputación como representante público.