Las tecnológicas del transporte urbano uvetecé se van de Barcelona. Principal consecuencia: despidos masivos de conductores, administrativos, comerciales, en resumen, todo dios a la calle mientras el capital queda indemne. En la nueva economía el capital no pierde nunca. La inversión es mínima y, una vez que se posee la patente de la herramienta tecnológica, trabajadores y usuarios quedan al albur de las circunstancias. Enfrentados, pero cociéndose en la misma olla de precariedad e impaciencia. Las empresas no construyen nada, solo amenazan con el caos y lo ejecutan si llega el caso. Esta situación constituye un poderoso chantaje a la sociedad y sus instituciones. Una huelga de trabajadores (los taxistas lo son en su mayor parte) exige un proceso deliberativo y un sacrificio económico que debe ser asumido por un colectivo muy variado. El lockout patronal en la nueva economía lo puede decidir el director ejecutivo sin coste alguno para la firma.
El pacto social y económico sobre el que se sostenía la economía que hemos conocido hasta ahora ha quedado obsoleto y es un estorbo; en consecuencia, también lo es la función arbitral de las instituciones. ¿Para qué necesitamos gobiernos en la selva? Los taxistas son una especie arcaica, al borde de la extinción, no por la calidad y el precio del servicio que prestan, que pueden ser revisados, negociados y mejorados, sino porque su estructura empresarial necesita del pacto y la regulación. Las uvetecé no necesitan nada de eso. Tanto si prestan o no servicio, si son muchas o pocas las licencias, si es alto o bajo el precio, si son tales o cuales las condiciones, el capital no pierde nunca, siempre que no haya competencia. La presunta liberalización de la economía no es sino el proceso de formación de una nueva oligarquía. La huelga de los taxistas es agónica porque luchan por su imposible supervivencia. De momento, las ubéricas ya han conseguido poner a la opinión pública en su contra y también en contra de las administraciones locales, por el simple procedimiento de dar un portazo.
El capital no siempre puede irse, ni siquiera quiere hacerlo porque no lo necesita. Si la conquista de los servicios de transporte urbano exige una blitzkrieg, el negocio inmobiliario se ajusta mejor a la guerra estática de trincheras. En Madrid, el consorcio de un banco y una constructora lleva un cuarto de siglo negociando y renegociando con la administración las condiciones de compra y explotación del mejor espacio urbano libre de la capital. La llamada operación chamartín ilustra sobre la estrategia del capital para torcer el brazo a la administración pública. En cada episodio de renegociación, el consorcio obtiene ventajas económicas nuevas. No importa el objeto que se negocie, ni siquiera importan las irregularidades del proceso; lo que cuenta son las ventajas que pueda obtener el capital en él. Si no se cumple el retorno de la inversión y las plusvalías correspondientes porque, simplemente, el proyecto no se ha llevado a cabo, las ventajas han de residir en las expectativas: facilidades en el pago de los costes, intereses más bajos para la financiación, reducción del coste de las infraestructuras necesarias, más facilidades para la ejecución del proyecto, etcétera. Los documentales de la naturaleza salvaje presentan a menudo a una presa que asiste inerme y consciente a su propia extinción en las fauces de un predador. Es la parte fea de la selva sin la cual sin embargo no puede funcionar el ecosistema. En esas estamos.