Antes de que se convirtieran en una horda furiosa (y desorientada), los taxistas fueron emprendedores, esa palabra mágica del capitalismo low cost. Hicieron cálculos sobre la rentabilidad del negocio, compraron la licencia, en ocasiones a precios astronómicos, y se pusieron al volante a la espera de dejar el negocio a sus hijos o venderlo con sustanciosa plusvalía para solaz de su jubilación. Nada a lo que no aspire cualquier empresario, que es la fase superior del emprendedor. Hasta que las cosas empezaron a virar el rumbo por mor del cambio tecnológico y las nuevas exigencias de movilidad del público. En esta remota capital de provincia hubo dos episodios que ilustran ambas causas de la nueva situación. El primero acaeció a mediados de los años ochenta cuando a un pequeño grupo de taxistas se le ocurrió la idea de montar una central de llamadas telefónicas para agilizar el servicio; la idea no gustó a sus compañeros de volante porque preferían dormitar en la parada a la espera del cliente y mediaron golpes (físicos) entre la mayoría tradicionalista y la minoría innovadora. La idea no solo era buena sino inevitable y lo que hoy conocemos como teletaxi se implantó para beneficio de todos. El segundo episodio data de comienzos de este siglo; en aquella época los viajeros que llegaban por ferrocarril en tren nocturno se encontraban con que ningún taxi les esperaba en la estación; a los taxistas les debía parecer una carrera incómoda y poco rentable. El gobierno regional otorgó nuevas licencias para estimular la competencia y cubrir los déficits del servicio y los taxistas protestaron con un intento de asalto (físico) al parlamento regional, algo nunca visto en esta provincia fértil en movimientos radicales. Al final, claro, hubo más taxis en las calles.
Los taxistas gobiernan un servicio público con intereses privados y maneras de corporación cerrada, pasan muchas horas al volante y reivindican su pequeña empresa de transporte y sus expectativas de negocio. La alternativa son multinacionales tecnológicas que han simplificado las reglas del servicio y precarizado a quienes lo prestan con sus vehículos, asalariados de una firma remota que deja los costes de explotación a cargo del trabajador y le niega el control sobre los ingresos. La situación actual no es distinta en el fondo a la de los dos episodios prehistóricos relatados en el párrafo anterior, así que es previsible que los taxistas pierdan también esta batalla. Los dos sectores enfrentados en esta guerra protestan tentativamente ante los que creen sus adversarios políticos: los trabajadores ubéricos contra el pesoe y podemos; los taxistas, contra los liberales del pepé y ciudadanos. Izquierda y derecha. Es una distinción de brocha gorda porque lo cierto es que las administraciones no saben qué hacer; de una parte comprenden la inevitabilidad de las uvetecé; de otra, vislumbran el riesgo de dejar el transporte público desregulado en las manos de empresas sobre las que no tendrán ni autoridad ni control. El conflicto está desacreditando en primer término a la administración pública, sumida en la indecisión y la impotencia, en la medida que cuestiona su necesidad.