Por fin, ha terminado. Técnicamente ha sido un éxito absoluto pero no ha podido remediar la desgracia que estaba cantada desde que un niño de dos años fue engullido por un pozo de veinticinco centímetros de diámetro y cien metros de profundidad. Todo lo que ha rodeado a este suceso es una mezcla de sorpresa, dolor, ansiedad y un ejercicio raras veces visto en nuestro país de solidaridad, coordinación y, sobre todo, eficiencia institucional y técnica. Detenerse en los aspectos melodramáticos del suceso es desenfocar lo ocurrido. El dolor de los padres no es distinto ni mayor al de otros padres que han perdido hijos pequeños por enfermedad o accidente. El rescate convertido en espectáculo da lugar a debate. Los viejos del lugar recordamos la película de Billy Wilder, El gran carnaval (Un as en el agujero, en el original inglés) donde se daba una situación análoga a la acaecida en el paraje de Totalán, que el cineasta enfocaba con su proverbial cinismo hacia la condición humana y el funcionamiento de la sociedad. Pero esa no es toda la verdad, ni el único punto de vista posible.

El espectáculo alrededor de un suceso así es inevitable. Hay una industria de la comunicación y un público muy numeroso que consume estos contenidos, no siempre por razones espurias. Un suceso catastrófico es el grado cero de la sociedad, donde desaparece la racionalidad que la sostiene y el individuo queda solo. El espectáculo es el envoltorio, no la causa ni el efecto del suceso, y en este caso habría que preguntarse si la celeridad y eficiencia con que han actuado los numerosos y heterogéneos servicios de rescate hubiera sido la misma sin la presión mediática. Los hábitos han evolucionado y esta vez para mejor, no solo respecto a lo que contaba la mencionada película de Wilder sino también respecto a nuestra propia experiencia histórica, no tan remota. Recuérdese el obsceno tratamiento televisivo que recibió la desaparición de las niñas de Alcàsser no hace aún treinta años. Hoy hay mejores recursos técnicos, mejores profesionales de la información y mejor público, o eso queremos creer.

El pequeño Julen fue engullido por un pozo de la España reseca, asilvestrada y marginal, que rara vez es objeto de atención pública. Los llaman pozos luneros porque se horadan de noche, sin licencia, en busca de agua que revalorizará la finca, quizá para uso doméstico y del ganado  pero sobre todo para el negocio inmobiliario.  Si no se encuentra agua, tapan la embocadura con una piedra y excavan en otro sitio. Hay miles de estos agujeros en zonas rurales del país y en los parajes más impremeditados. A Julen le ha tocado el aciago destino de denunciar esta situación; quizá aprendamos algo, si no lo olvidamos antes.