En la provincia se cuenta una historia acaecida en los primeros años del tercer milenio, en el ocaso de los días de vino y rosas que perfumaron la década precedente. Un grupo de políticos locales entra en un café céntrico para tomar unos cafelitos y cañas de cerveza, nada destacable. Al pagar la cuenta uno de ellos se impone a los demás y deja sobre el platillo un billete de quinientos euros. El barman se queda de piedra. Los políticos siguen charlando entre ellos, ajenos al estupor del empleado, que llama al encargado del establecimiento y este, después de tragar saliva, sale corriendo a una sucursal bancaria próxima para certificar la validez del billete y obtener cambio para el ubérrimo cliente. Los políticos salían de una reunión de la junta directiva de la caja de ahorros regional y llevaban en el bolsillo las dietas recibidas por tan estupefaciente función. El tipo al que la historia atribuye la fanfarronada de los quinientos euros cuadra con la anécdota: un jovenzuelo con gafas de espejo ancladas sobre la frente, alocado y eufórico, que haría más tarde diversas tonterías en su cargo público y que ya no está en la política aunque no podría decir si tampoco al abrigo de las residuales redes clientelares de su partido.
Apenas unos meses más tarde de esta historia, la caja de ahorros estaba descapitalizada y engullida a coste cero por Caixabank, después de diversos tumbos en alianzas y fusiones con otras cajas españolas igualmente insolventes aprobados por el consejo de administración de a quinientos euros el cafelito. El parlamento regional ha convocado a los responsables de aquel desaguisado económico y político, que significó un cambio de época y el principio del guirigay en el que ahora estamos. Las comisiones parlamentarias se hacen a toro pasado y sirven para poco, porque los hechos que se examinan ya eran conocidos y la responsabilidad política no puede reclamarse a quien ya ha abandonado los cargos públicos. En cuanto a la responsabilidad penal, tampoco se da en este caso. Así que el contenido de estas comisiones parlamentarias es un mero recordatorio del pasado y de quienes lo protagonizaron, una suerte de remache sobre el ataúd de la historia que se los llevó hace tiempo y una paletada de vergüenza sobre su memoria.
El último compareciente a esta comisión ha sido el que fuera presidente del gobierno regional y también de la entidad de ahorro, responsable porque nombró al director que condujo la caja a su extinción (el blesa de esta provincia) y porque ahormó el consejo de administración para beneficio de sus correligionarios y los de la muy leal oposición. Por lo demás, ha dicho lo sabido: las dietas que cobraban eran un sobresueldo de su cargo político, el consejo de administración, o como se llamase, no participaba en las decisiones de la dirección de la caja y él, que era el presidente, ni siquiera firmaban las actas de las reuniones. Es decir, cobraban por nada y los billetes de quinientos euros para pagar el café del bar eran la versión provinciana de las tarjetas black de uso en la capital del estado. Incluso, siguieron cobrando más tarde, por la mera justificación de seguir cobrando, como quien no se resigna al fin del banquete y permanece a la mesa apurando la última copa de vino, el último trozo de pastel, el aroma de la última rosa, hasta que la caja de ahorros que estaban llamados a gestionar quedó exangüe. Una época histórica, un modelo económico, una forma de cohesión social, vigentes durante un siglo, se esfumaron ante nuestros ojos y en los bolsillos de los desmemoriados comparecientes en el parlamento, a los que habíamos elegido en las urnas para que nos hicieran la vida más llevadera. Fin de la historia.