Cierta portavoz socialista, doña Lastra, ha invitado al disidente don Errejón a ingresar en su partido; de inmediato, ha advertido la metedura de pata y se ha apresurado a balbucear un desmentido. Unos días antes, otro portavoz, don Echenique, profirió un comentario insultante y derogatorio contra el mismo personaje para pedir disculpas después de que el dicterio fuera desmentido por los hechos. No vamos a hablar de don Errejón ni de las emociones que despierta su vistoso ballet sino de la incontinencia verbal  y del irritante hábito de los políticos de pedir disculpas por lo que han dicho, lo cual demuestra la falta de respeto que tienen hacia sus propias opiniones y hacia la inteligencia del público al que van dirigidas. Cualquier ciudadano medianamente informado guarda en su memoria una nutrida colección de imágenes de electos para cargos públicos destacados por alguna estupidez notoria, a menudo insultante y proferida en mala hora, que no es sino una expresión impremeditada de su cerebro reptiliano donde dicen que anidan los impulsos instintivos de la especie. Si eres lo bastante viejo, esa colección de despropósitos y ocurrencias almacenada en la memoria constituye un paisaje insufrible. ¿Cuántos idiotas nos han gobernado, nos gobiernan o aspiran a hacerlo?

Durante toda la modernidad, digamos durante los casi seis siglos transcurridos desde que se inventaron la imprenta y los sistemas políticos tal como han llegado hasta nosotros hubo una infranqueable distancia entre los espacios público y privado. Este último se creaba en ámbitos específicos y cerrados, estaba dominado por la oralidad, en él reinaban lo espontáneo y lo inmediato y lo que aquí bullía nunca llegaba a tener entrada, y menos influencia, en el espacio público. El acceso a este se hacía a través de un proceso selectivo y restringido de los participantes, de las materias a debate y de los protocolos de la discusión, y en él operaban la censura, la discreción, la retórica y cierta voluntad de permanencia en el tiempo que ahora han desaparecido.

Lo público y lo privado se buscan, se mezclan, se contaminan, se anulan, en un teatrillo plano, sin profundidad ni cuarta pared. Las terminales de ida y vuelta de la información penetran en ámbitos antes inimaginables, incluido, como se ha visto, los ganglios basales donde habitan los deseos y las emociones más primarias y que antes permanecían en el más absoluto secreto. El comentario de don Echenique revela una animadversión irredimible hacia su correligionario y el de doña Lastra, una codicia sin freno, casi pasionales en ambos casos. Es la democracia, amigo, que no excluye ni los deseos ni las manías que nos habitan, y no hay por qué deplorarlo, aunque se necesita un tipo de liderazgo que sea capaz de navegar por este mar de los sargazos sin quedar atrapado en él. El último navegante con estas características del que se tiene noticia fue don Rajoy, que lo consiguió a riesgo de quedar cautivo en la inopia de su propio idiolecto. Y no le fue fácil. La única ocasión en que intentó ser inteligible para su interlocutor –aquello de Luis, sé fuerte– le marcó para siempre, una vez que el conocimiento del contexto de la frase permitió desencriptar el alcance de lo que significaba.