Las bocacalles de acceso al casco viejo de esta remota ciudad subpirenaica estaban ocupadas ayer tarde por furgonas de la policía y plantones de antidisturbios enmascarados en las sombras con sus atavíos de marcianos negros. Los paseantes éramos los de siempre en busca de un poco de distracción en la estrecha oferta del barrio, un bar tras otro, y el paseo hubiera sido el ordinario de no estar alterada nuestra atención por el ominoso zumbido del helicóptero policial que sobrevolaba nuestras cabezas. ¿Estábamos otra vez en estado de sitio? Esta es una pregunta  que provoca en los más viejos del lugar un regüeldo de la memoria agrio y desapacible. Otra pregunta viene a continuación, ¿qué está pasando? Durante décadas estas calles han sido escenario un día sí y otro también de batallas campales entre la policía y manifestantes por razones que se ha tragado el vertedero de la historia. Lo que la historia no cuenta es el fatum que parece gobernar estas calles. El asunto que movilizó ayer a manifestantes y policías es banal: el uso de un palacio del siglo XVIII en precario estado de conservación, que los jóvenes autogestionarios habían okupado y que el gobierno regional quiere habilitar para servicio público. La protesta reunió ayer a centenares de jóvenes que no cabrían en ese edificio en cien años ni aunque lo hicieran por turnos de tres horas, lo que indica que el uso del edificio es el pretexto de algo distinto que no tiene nombre y que llamaremos el hado del barrio.

En los esperanzados albores de la transición, un equipo de entonces famosos sociólogos y urbanistas calificaron estas calles como el espacio de la fiesta y la subversión (santa lucía conserve la vista a los que aún estén vivos). La fiesta devino en un botellón insomne que en ocasiones mayores se acompaña de gaitas y tamboriles, gigantes y cabezudos, y en cuanto a la subversión es una batalla continua por el sueño de un corral donde el estado no tenga entrada. Un impulso hacia los orígenes tribales, de vuelta al medievo, de regreso a las cavernas. Las imágenes revelan que los jóvenes que se manifestaron ayer están bien alimentados y vestidos, son beneficiarios de los servicios que deparan las instituciones públicas y sin duda gozan de oportunidades de diversión y entretenimiento que no podrán encontrar nunca en ese edificio destartalado que ahora reivindican. El carácter ocioso de estas protestas compone el absurdo sintagma de la fiesta y la subversión.

La cosa viene de muy, muy lejos. El barrio donde tiene lugar el conflicto se llama de La Navarrería y brotó en la periferia del castro romano que dio origen a la ciudad, ocupado por servidores indígenas de los militares del imperio; en la edad media, sus habitantes fueron siervos de la iglesia y sus casas estaban, y están, al pie de la catedral, de espaldas a los burgos comerciales levantados por los colonizadores francos, que sentían por los navarrii un inocultable desprecio, como puede leerse en las memorias del viajero Aymeric Picaud, hasta el punto que en una ocasión entraron en la Navarrería y la arrasaron (1276). Constreñido contra la muralla de la ciudad, el barrio ha visto cómo el tejido urbano se extendía hacia el sur y hacia el este, quedándose para sí sin más patrimonio que la mitología que lo rodea. En las últimas décadas, los pampilonenses que viven en barrios sin historia, nuevos y mejor dotados, envían a sus hijos adolescentes a que se autodeterminen y autogestionen al lugar donde nació la increada conciencia de la raza, y la chavalería lo hace con empeño juvenil: la mayor parte del tiempo dándole al jarro y, a la menor oportunidad, desafiando al gobierno de turno y perpetuando, generación tras generación, el espacio de la fiesta y la subversión. Qué aburrimiento.