Que recuerde, es la primera vez que el asesinato de Rosa Luxemburgo es recordado con notoria publicidad. Un corresponsal parco en mensajes envía la referencia en la prensa inglesa. Es cierto que se trata de un aniversario rotundo, el centenario, pero aún así la evocación de aquel acontecimiento no se explica sino como síntoma de un malestar histórico. La Europa del primer tercio del siglo pasado es el espejo oscuro en el que nos miramos con el vello erizado. Quince de enero de mil novecientos diecinueve. Alemania ha perdido la guerra y Europa está devastada. El káiser ha abandonado el trono y ha dejado el gobierno en manos del poderoso partido socialdemócrata alemán. En Rusia ha estallado la revolución de los soviets, que pugna por afianzarse en un clima de violencia atroz. Rosa Luxemburgo, una vigorosa pensadora y agitadora, constituye con su compañero Karl Liebnecht una facción de izquierda a la que llaman la liga de los espartaquistas, empeñada en una ruptura radical con el régimen que ha llevado a Europa al desastre y en el avance hacia un internacionalismo obrero real, lo que en aquel momento significa aliarse con la Rusia de Lenin. Ex combatientes armados forman escuadras paramilitares nacionalistas, los freikorps. Uno de estos grupos homicidas apresa a Rosa Luxemburgo y Karl Liebnecht y les da muerte, sin juicio y previa tortura. El gobierno socialdemócrata mira para otro lado, tras la mentira de que el asesinato ha sido obra de una multitud iracunda. Lo que vino después, en Alemania y en toda Europa, es sabido. ¿Qué hace que el asesinato de estos dos destacados líderes de la izquierda constituya hoy una referencia digna de ser recordada incluso con manifestaciones en las calles?
La presente crisis política europea no puede compararse con la devastación en aquel periodo, ni con el brutalismo reinante en las sociedades recién salidas de una guerra que aniquiló a generaciones enteras. Tampoco es comparable la robustez de las instituciones democráticas y el grado de radicalismo de las posiciones políticas enfrentadas entonces con las que ocupan el escenario actual. Y, por último, también es muy distinto el reparto de pesos y medidas entre los agentes del tablero político. Pero sí hay algunas similitudes. Una es el declive del equilibrio europeo. La primera guerra mundial significó el final de la belle époque, de la Europa indolente y satisfecha que describe Thomas Mann en La montaña mágica, y del sistema que la sostenía. Ahora experimentamos el final del equilibrio de la guerra fría y del estado del bienestar que fue el modelo en el que hemos vivimos en los últimos setenta años. Un abismo separaba entonces, y separa ahora, a las clases sociales. Las de arriba, ensimismadas en su codicia; las de abajo, corroídas por la desesperanza. El sistema de partidos, entonces y ahora, hace quiebra y el peso se desplaza hacia los extremos, más a la derecha que a la izquierda. Los partidos socialdemócratas, que fueron entonces una poderosa fuerza emergente, están en declive ahora. Los comunistas, casi extintos hoy, patrocinaban la revolución mundial. La izquierda, que se entregó con armas y bagajes al pensamiento único neoliberal en los noventa -a la conclusión del llamado siglo corto (Eric Hobsbawn dixit)- busca ahora referencias para reiniciar la marcha y atender a las necesidades de su gente. En esta búsqueda, se alumbra con la efigie de Rosa Luxemburgo, revolucionaria y mujer, vale decir, mujer revolucionaria, lo que en este tiempo otorga un plus de esperanza y credibilidad.