No hay día en que un jarrón u otra pieza de la vajilla no caiga al suelo y se haga añicos. La tierra tiembla bajo nuestros pies y todo lo que tiene raíces en ella adquiere la cualidad líquida que el recientemente fallecido Zigmunt Bauman atribuía al escenario de esta época. Monsieur Macron, el presidente de la república, el macrolíder europeo –inquieto incluso por lo que ocurre en la remota frontera del reino de Boabdil– repta malamente en busca de tierra firme entre los obstáculos que agitan las calles de París. Les gilets jaunes es el último avatar del espíritu revolucionario francés cuyo origen puede rastrearse en los bagaudas que tuvieron en jaque al imperio romano y que ahora, notoriamente, se enfrentan a esa forma de imperio acéfalo que llamamos globalización. Ningún otro país consigue, como los franceses, que las algaradas domésticas se preñen de sentido histórico trascendente. Una sociedad conservadora, un estado robusto y sólido como una roca, y las calles incendiadas por la fervorina revolucionaria son los tres términos característicos de los tiempos de cambio en Francia, que suelen culminar con la ejecución de los representantes del antiguo régimen. Ahora mismo, Monsieur Macron es, malgré lui, el Luis XVI de nuestra época.
Aquel Luis, recibido con la esperanza de que llevaría a cabo grandes reformas en una sociedad anquilosada y descontenta, fracasó por la oposición de la nobleza terrateniente y de corte, convocó a los estados generales para ampliar y legitimar la base de su poder, y el tercer estado, que tenía negado el derecho al voto, se constituyó en asamblea nacional permanente hasta dotar al país de una constitución. Luis quedó fuera de juego, conspiró, etcétera, hasta que su cuello visitó la guillotina. Macron también ha decidido abrir un gran debate nacional –una suerte de estados generales– por encima o al margen del parlamento y de las instituciones representativas ordinarias para encapsular la revuelta de los chalecos amarillos. En un país tan estatista como Francia hay un organismo público para todo, también para regular la revolución; en este caso es la comisión nacional del debate público cuya directora se ha visto obligada a dimitir después de que se hiciera público que su mamandurria le suponía unos emolumentos de quince mil euros mensuales. ¿Qué ecuanimidad puede esperarse de una persona que gana entre siete y ocho veces más que los revolucionarios que ocupan la calle? Las quebraduras que atraviesan nuestros sistemas políticos están definidas por la desigualdad de rentas y oportunidades, tan abismales que cuestionan no solo la cohesión social sino la legitimidad de la república. Es la desigualdad -proscrita en la bandera de Francia- la que ha creado un vacío de dimensiones desconocidas bajo las instituciones. La que derribó el trono de Luis y la que trae a mal traer a Macron. La dimisión material de la funcionaria que debía haber dirigido el debate nacional equivale a la dimisión moral de la monarquía de Luis a cuya esposa se atribuye aquello de s’ils n’ont pas de pain, qu’ils mangent de la brioche. La atribución es falsa pero no por eso menos verosímil. Expresa bien la lejanía y el desconcierto de las elites extractivas ante la realidad. Dice la wiki que Luis XVI fue el último gran monarca de Francia, ¿quién sabe si no dirá lo mismo del soi-disant último gran presidente de Francia?