El haraganeo vacacional me ha llevado días atrás a Foix, un ciudad a unas cuantas leguas al este del país de los vascos y de los bearneses que fue sede del linaje del último rey de mi Reyno, conde de Foix-Albret. La casa solariega es un castillo mastodóntico, opresivo, si bien hueco, que se erige sobre el caserío de una ciudad de provincias típicamente francesa. En chanclas y con camiseta y bermudas, como un siervo de la gleba, recorrí bajo un sol de castigo las desdentadas almenas y escruté el sombrío interior de los torreones en busca de una emoción que me permitiera comprender el entusiasmo de mis paisanos al celebrar cada 30 junio la batalla de Noáin (1521) en la que el de Foix perdió la última ocasión de recuperar el Reyno de las manos de los conquistadores castellanos. Es propio de los nacionalismos irredentos celebrar melancólicamente las derrotas del pasado pero a los propios derrotados el asunto no parece importarles gran cosa.
En una sombría estancia del castillo, los servicios turísticos de la ciudad han compuesto unos paneles que relatan los avatares de la casa de Foix. En vano busco alguna referencia del Viejo Reyno del que soy súbdito, de su floreciente pasado, de sus libertades perdidas, de sus risueños concejos de hombres libres, de sus encantadoras brujas, de sus sagrados fueros… Nada. La historia de los paneles se dirige, ya lo habrán adivinado, a la gloria ¡de Francia! Unas pocas líneas recuerdan que Enrique de Borbón (ojo, pariente del que todos sabemos), último conde de Foix, heredó de su madre Juana de Albret el título de rey de Navarra -un reino situado en los Pirineos con capital en Pamplona, anota vagamente el panel-, antes de convertirse en Enrique IV el Grande, rey de Francia. Por un momento me sentí oprimido, por los españoles que nos derrotaron en Noáin y por los franceses que nos abandonaron a nuestra suerte para instalarse en Versalles. El hecho de que en ese momento calzara chanclas y vistiera camiseta debió de agudizar el sentimiento de orfandad y expolio histórico. Luego, ya con un vaso de cerveza y a la sombra, me di a mí mismo una típica explicación de turista frente a los arcanos que le son dados a contemplar.
Claro, me dije, los reinos de entonces eran como las empresas de ahora, formaban cárteles, se fusionaban o se absorbían unos a otros y las menos rentables eran liquidadas. Los campos de batalla eran los mercados de entonces, igual que los mercados son los campos de batalla de ahora. Y, ya lanzado, pensé, es lo que pasa en Cataluña, que van a independizarse para salvar los negocios de su patrón. La clarividencia que me proporcionó la cerveza me permitió visitar desahogadamente la siguiente ruina del circuito.