Hay una propuesta para dar el nombre de Pablo Neruda al aeropuerto de Santiago de Chile que ha chocado con la oposición de las feministas locales. Los cargos contra el poeta son dos: abandono de su hija aquejada de una minusvalía y violación de una sirvienta durante su estancia en Sri Lanka; esto último lo relató él mismo en sus memorias, Confieso que he vivido. Leímos el libro cuando lo publicó la barcelonesa Seix Barral hace más de cuarenta años y no recuerdo el episodio, lo que solo ilustra sobre el desenfado con que los hombres de la época contaban la historia y el descuido con que los demás la leíamos. Ningún hombre de la generación de Neruda y muy pocos de las que vinieron después alcanzaríamos el estándar de decencia exigido por #Me Too. Estamos ante una revolución, que, como todas, necesita una alta dosis de iconoclastia para ver cumplidos sus objetivos, así que bienvenido sea el derribo de la estatua de Neruda, al que seguiremos leyendo, espero que por muchos años, con el mismo provecho y admiración que hasta ahora. Ni siquiera es necesario que vendan sus libros en el quiosco del aeropuerto porque los llevaremos en el móvil. La tecnología lo interioriza todo, también a los poetas, y no es necesario que su nombre ocupe el espacio público.

Las opositoras a la iniciativa proponen que el aeropuerto sea bautizado con el nombre de Gabriela Mistral, que atesora parecidos méritos que Neruda, lo que no evita que la ocurrencia sea una mala suerte para Mistral. Aquí hay un equívoco de fondo: ¿qué necesidad hay de entronizar a un o a una poeta en el espacio donde habita el ruido y la furia? Tanto más cuanto que el aeropuerto de Santiago ya tiene nombre, el muy prosaico y militar de Comodoro Arturo Merino Benítez, padre de la aviación chilena. Si la operación se culmina de alguna forma, habrán privado al aeropuerto de su padre real para entregarlo a una mujer de la que no sabemos siquiera si le gustaban los aviones. Las feministas chilenas y quienes proponen estas iniciativas en todas las latitudes tienden aignorar que los aeropuertos son los lugares más vacuos e impersonales del mundo, donde todos somos nadie y la única historia memorable reside en el parpadeo de los paneles de tráfico. Dar nombre a un aeropuerto es condenarse al olvido o, en el mejor de los casos, quedar asociado al innumerable malestar de los viajeros que lo frecuentan. El aeropuerto Charles de Gaulle de París tiene toda la ampulosa pesadez que el viajero atribuye al general que le da nombre. En ocasiones, estos bautizos, que se realizan cuando el agasajado está difunto y no puede defenderse, tienen un cariz vengativo. Adolfo Suárez da nombre sin que nadie lo sepa al aeropuerto madrileño de Barajas, cuando en la cúspide del poder político fue el presidente de gobierno más detestado de la historia, tanto que sus múltiples adversarios consideraron pertinente arrancarle del sillón y arrasar su obra a tiro limpio. Suárez quedará para historia por la imagen, cada vez más desleída, del tipo que aguantó impávido frente a las armas de la banda de guardias civiles comisionados para eliminarle y no por la jodienda de las esperas y tránsitos en el aeropuerto de Barajas.