Un magnate sudafricano exige la semana laboral de ochenta horas y algunos titulados universitarios, pretendientes a los empleos que ofrecen sus empresas, están dispuestos a cumplir hasta cien horas si así se les exige porque quieren participar en la transición energética, que es el negocio de la empresa: coches eléctricos, paneles solares y demás artilugios de futuro. Estos trabajadores están dispuestos a que el mundo multiplique la energía disponible a costa de desprenderse ellos de que la almacenan en el cuerpo. Eso se llama entregar tu organismo a la ciencia antes de haber muerto, víctima crecientemente acelerada del progreso. Después de todo, el progreso es básicamente una noción económica, determinada por el grado de desarrollo tecnológico de la sociedad, y es posible que las brutales y extenuantes jornadas de trabajo que padecieron los mineros y los campesinos de uno o dos siglos atrás corresponda sufrirlas a los universitarios altamente cualificados en esta fase del desarrollo capitalista, retribuidos como antaño, con salarios de hambre. La apelación al trabajo esclavo ha dejado de ser escandalosa e incluso extraña en el lenguaje dominante y afirmaciones como las de este magnate empresarial son recibidas con una mezcla de estupor y resignación, que excluye la esperanza.
En el otro extremo del eje de abscisas lo que hay es cierre de empresas improductivas y desempleo galopante, de modo que los sobreexplotados trabajadores con empleo encuentran en su situación el consuelo del superviviente. Vivimos en el espíritu de la patera y navegamos en una travesía a la vez urgente e incierta en el que a cada momento existe el riesgo del naufragio y los más débiles o desafortunados caen o son arrojados al mar para salvar a los que quedan a bordo, al albur del viaje que bien puede ser a ninguna parte. El capitalismo que padecemos no solo corroe el carácter de los individuos, como diagnosticó con brillantez el sociólogo Richard Sennett, sino que tritura a la sociedad entera, sus instituciones, sus creencias compartidas, sus lazos de cohesión y por supuesto a sus gobiernos. La gente del común parece noqueada, irritada por un mal que no comprende y del que no puede defenderse y, correlativamente, la clase política elegida para representar sus intereses comparece infantilizada, rudimentaria, propensa a la sobreactuación e impotente. Una elección tras otra llevamos al poder a los más estridentes e ignaros, los que de manera más evidente han renunciado a cualquier proyecto o argumentación y no tienen más crédito que su desenfado y su determinación en ocupar la poltrona. Elegimos al piloto de la patera, no confiando en su pericia, sino en nuestra suerte para que alguien en alguna parte nos ofrezca un empleo de cien horas semanales a cincuenta céntimos la hora.
P.S. Esta bitácora permanecerá inactiva hasta el día 5 de diciembre.