En esta remota capital subpirenaica se está juzgando estos días a dos documentalistas por revelación de secretos. El secreto materia del juicio es una misa de homenaje al golpe de estado del general Franco y sus secuaces, Mola y Sanjurjo, hace ochenta años. La misa es un acto de culto religioso y la religión y sus liturgias son libres y públicas. Nadie ha de esconderse en catacumbas para cumplir con sus ritos y, si lo hace, es por propia voluntad. En la religión católica, todas las almas merecen misas y oraciones por su eterno descanso, como puede comprobar cualquiera estos días en la sección de esquelas de algunos periódicos. La misa objeto del juicio, por ende, se celebra en la cripta de un edificio de titularidad municipal, al que tienen acceso los funcionarios encargados del mantenimiento del lugar y los particulares con el oportuno permiso del ayuntamiento, como es el caso de los acusados. De añadidura, el secreto, si lo es, no fue revelado pues los documentalistas no incluyeron las imágenes de la misa en su documental. Sin embargo, los dos autores, Carolina Martínez y Clemente Bernard, se sientan en el banquillo de los acusados con una petición de más de dos años de cárcel por esta acusación. ¿De qué estamos hablando?
Hablamos de un hecho convertido en inquietante metáfora de lo profundas y sinuosas que pueden ser las raíces de la dictadura en nuestra sociedad y de la acogida y protección que encuentran en las leyes e instituciones públicas. El llamado monumento a los Caídos de esta ciudad ha registrado un proceso de, digamos, secularización y aggiornamento por el que ha dejado de ser mausoleo de generales golpistas y el espacio que ocupa está a la espera de un futuro uso público. Durante este proceso acaecido a la luz del día y que ha durado varias décadas, con la consiguiente mutación del estado de la opinión pública sobre el edificio y su significado, la diócesis ha conservado la titularidad de la cripta y ha autorizado rutinariamente que una secta de adeptos a los generales golpistas, así llamada hermandad de caballeros voluntarios de la santa cruz (un nombre que parece inspirado en una novela de Lovecraft) celebrara una misa mensual de recuerdo a sus héroes y en defensa de su legado. La crisis ha estallado cuando el secretismo de la secta se ha visto confrontado con la necesidad pública de conocer la realidad que encerraba un edificio convertido en un símbolo de la memoria secuestrada. Y, si los peores pronósticos se confirman, a los mensajeros les espera la cárcel por hacer su trabajo. Ochenta años después, los caballeros voluntarios van a conseguir, en efecto, que el legado de los golpistas caiga sobre las cabezas de dos personas que ni siquiera habían nacido cuando se produjo la epifanía del fascismo que ellos adoran en sus misas.