El tipo tal vez sea un desequilibrado en fase de tentativa pero el arsenal de armas que le ha sido incautado tiene la insoportable densidad de una pesadilla y es imposible no connotarlo como una amenaza real. Hay muchas maneras de dejarse acunar por las propias fantasías pero acumular armas semiautomáticas y de largo alcance y municiones para masacrar al completo aforo de una discoteca no es de las más corrientes. El hecho de que el tipo compartiera sus intenciones y buscara cómplices en un círculo de internet frecuentado por afines políticos tanto puede considerarse un atenuante por ingenuidad como una invitación a otros para que se sumen a la causa, lo que sería conspiración. Desde luego, tenía armas para todos y no sabemos qué hubiera ocurrido si uno de los frecuentadores del chat no hubiera tenido la prudencia de dar aviso a la policía. A un tipo que es plusmarquista en carreras pedestres de larga distancia hay que atribuirle una tenacidad y una resolución excepcionales; mientras corres para llegar a la meta y aspiras a transformar el mundo, no tienes más compañía que tus obsesiones, que te espolean para que no decaigas en el esfuerzo. Es un mecanismo que está muy bien descrito (si bien con un sentido diametralmente opuesto) en La soledad del corredor de fondo, la novela de Allan Sillitoe.
El arsenal descubierto parece que quisiera indicar que el viejo golpismo español (el de verdad, y no el popularizado por la oposición a don Sánchez) lleva años entrenándose en carreteras secundarias, sin tráfico ni publicidad, a la espera del momento de irrumpir en la calle mayor para iniciar la carrera definitiva, la del premio. ¿Quién da el pistoletazo de salida?, ¿qué acontecimiento debe interpretarse como la contraseña para echarse a la calle? El tipo de Terrassa, ¿ha provocado una salida falsa? Podemos imaginar al lobo solitario, como lo ha calificado la prensa, dubitativo y ansioso, escrutando las señales del entorno que se tambalea -¡vive en Cataluña!- y con la mirada fija en los telediarios sembrados de masacres justicieras, tan repetidas que parecen acciones razonables, o algo mejor, la única respuesta posible ante el sindiós que le rodea. Deja pasar muchos acontecimientos intolerables pero hasta aquí hemos llegado. El maligno quiere exhumar la momia de Cuelgamuros sobre cuya losa descansa el mundo en el que el corredor de fondo ha vivido, la paz tal como la ha conocido, las creencias en las que se ha nutrido. Es hora de tomar las armas. La historia tiene que ser reiniciada y alguien tiene que pulsar el botón de reset. En ese momento llega la policía. Esta vez hemos tenido suerte.