¿Qué relación hay entre el asesinato del periodista saudí Jamal Khasshoggi y la cínica respuesta de los países proveedores de armas al reino homicida con los resultados de las elecciones regionales de Baviera y Hesse? Atención a Alemania. Aún no había limpiado las calles de sus ciudades de los escombros producidos por los bombardeos de la segunda guerra mundial y ya se perfilaba para el liderazgo de Europa. Los tres interlocutores que sentaron las bases de lo que hoy es la unioneuropea fueron un alemán y dos germanófilos, y aquellas conversaciones se hicieron en alemán, la lengua común a los tres. Adenauer era alemán nativo pero el francés Schumann era de la Lorena y el italiano De Gasperi del Alto Adigio-Tirol, regiones que habían pertenecido a los imperios centrales, y los tres compartían una misma cultura. La intención de los interlocutores era erradicar los nacionalismos, el alemán en primer término, que habían conducido al continente al abismo, pero no alterar lo que a los tres les parecía el orden natural de las cosas. La fórmula pactada ha dado buenos resultados, hasta ahora. De Alemania procede la suicida política de austeridad que ha resquebrajado la arquitectura la unión, pero también puede que de Alemania vengan las primeras luces en la oscuridad. El asesinato de Khassoghi ha aumentado su potencia lumínica y no solo porque Alemania ha sido el único país que ha anunciado que corta la venta de armas a sus perpetradores.

En las recientes elecciones de los estados federados de Baviera y Hesse los dos grandes partidos de la llamada gran coalición han retrocedido a favor del neofascismo de aefedé y del ecologismo de izquierda liberal de los verdes. Este último partido no es nuevo en el mapa alemán. Desde los años ochenta, los verdes son una fuerza parlamentaria,  ha participado en coaliciones de gobierno y ha protagonizado significativas acciones contra la energía nuclear y otros desmanes del modo de producción industrial. Pero lo que llama la atención en este momento es que una opción enfáticamente ecologista haya ocupado el lugar que en otros países del entorno, como Francia o España, ocupan o aspiran a ocupar formaciones de corte y tradición izquierdista. En los países mediterráneos, exportadores agrícolas y de cultura ruralista, el ecologismo se ha visto como un lujo innecesario y políticamente marginal. Aquí se pregonan ecologistas los toreros y latifundistas, y la dura nuez del asunto es la redistribución de las rentas y no el cuidado de la tierra, que tendemos a creer que se cuida sola. Los menguados ecologistas, situados a la izquierda, no consiguen que su programa adquiera la mínima densidad para ser tomados en serio. La gente primero, la tierra después, es la consigna.

Y en esas estamos cuando abrimos el armario y ahí está el cadáver de Khassoghi. Su asesinato y la previsible impunidad que protegerá a sus asesinos solo tiene una causa: el petróleo. El monocultivo petrolífero es el jardín de las delicias para regímenes corruptos, ineficientes y potencialmente criminales, ya sean Venezuela, Guinea Ecuatorial o Arabia Saudí, paraísos de los negocios opacos para las oligarquías que controlan nuestros empleos y nuestras pensiones. Sin un cambio en el modelo energético de los países ricos, los saudíes seguirán cortando el cuello a sus opositores y adversarios y extendiendo el runrún de la guerra por el mundo. Aquí el discurso verde tiene una oportunidad para jugar en la liga mayor de la política, y a coste cero porque los países mediterráneos están sobrados de proveedores de energías alternativas: sol, viento, mar. Acerquémonos a estas fuentes no solo para lavarnos de la mierda que han vertido sobre nuestras conciencias los asesinos de Khassoghi sino porque la otra alternativa posible es reventar la tierra en la que vivimos para seguir sacando petróleo.