En este tiempo agitado en que politólogos e historiadores se afanan por encontrar un nombre y un significado al tsumani que se nos viene encima (lean a Enzo Traverso, insisto) don Bolsonaro va a facilitarnos la tarea. El candidato que con un poco de mala fortuna para la humanidad va a ganar mañana las elecciones en Brasil se presenta como un espécimen casi puro de lo que la memoria nos dice que fue el fascismo: Odio a las minorías, querencia por soluciones punitivas, fervor por el ejército y el militarismo, apoyo de las clases adineradas y un inevitable envoltorio religioso en este caso encarnado en los movimientos evangélicos del país. El candidato navega como un surfista sobre la herencia de una crisis económica intratable y de una clase política impotente y corrupta. Practiquen un juego de analogías con lo que ocurrió en Europa en los años treinta y experimenten cómo reacciona el vello de la piel.

Por estos lares lo que sucede en Latinoamérica nos trae sin cuidado, ¿a qué fingir lo contrario?, tanto más si el país cayó del lado portugués en el tratado de Tordesillas. La actitud típica ante lo que acontece en la otra orilla del charco, como dicen los castizos, es una mezcla de ensimismamiento imperial, desdén post colonialista e ignorancia generalizada. El epítome de esta actitud es el celtibérico discurso de don Casado sobre la mojama de la hispanidad. Lo que sabemos de Latinoamérica es lo justo que necesitamos para nuestro arsenal de argumentos de uso domestico, que los podemitas son bolivarianos y todo eso. Venezuela es, ya que se menciona, un país en crisis por la imposibilidad de transformar el monocultivo petrolero en un tejido productivo diversificado y competitivo y de distribuir las rentas del petróleo entre todas las clases sociales. Adivinen qué fuerzas económicas y sociales se oponen a estos objetivos en Venezuela y ahora en Brasil. Lo que tienen en común estos países es el caudillismo y el mesianismo del poder, herencia, esta sí, marcaespaña.

Para los más viejos del lugar no es nueva la deriva de estos países hasta ayer llamados emergentes, que parecían el fruto más granado de la globalización de los años noventa y entre los que Brasil fue el ejemplo más repetido y prometedor. Ya había ocurrido antes. En la segunda mitad de los años cincuenta del pasado siglo, un puñado de países del entonces llamado tercer mundo –Egipto, India, Indonesia, etcétera-, similares a Brasil en dimensiones geográficas, población joven y abundancia de recursos naturales, emergieron con el nombre de no alineados (la organización aún existe, siquiera de nombre). Representaban la promesa de la descolonización recién conquistada y aspiraban a desarrollar sus economías, repartir las rentas entre sus poblaciones y a sentarse en la mesa internacional en el lugar que les era debido. Aquello terminó en derrota porque, una vez más, se trataba de redistribuir los recursos en un mercado desigual y de compartir la batuta del concierto internacional con quienes la monopolizaban. Pasaron los años, se cambió de baraja pero no los palos ni las reglas ni la banca, y se reinició la partida, que ya ha terminado de nuevo. Mañana, elecciones en Brasil para elegir entre eso que no sabemos cómo llamarlo y la nada.