La justicia es independiente y no puede quedar a manos de los populistas. Ahora ya sabemos qué distingue el populismo de lo que no lo es: el dinero. Si decenas de miles de ciudadanas/os se manifiestan contra la sentencia de la manada, es populismo; si la bolsa sufre un cataplós por la sentencia de las hipotecas, no es populismo. Si cinco desalmados violan a una muchacha, el aparato judicial resiste el clamor de la calle y los jueces sacan pecho y sus puñetas de encaje se convierten en guanteletes de armadura para defender su decisión; si unas docenas de banqueros mueven el culo sobre el sillón, inquietos por la mengua de sus cajas a cuenta de otra sentencia, el mismísimo tribunal supremo que la ha dictado se acojona y ni siquiera osa defender su posición, de inmediato se repliega para acordar los términos de la capitulación, que en este caso se llama recapitulación. Ni la sentencia de la manada ni la de las hipotecas son necesariamente injustas en términos abstractos; nueve años de cárcel por una violación no es cosa menor y que la carga fiscal de la hipoteca sea para el banco que la concede tiene lógica. La primera porque el asunto juzgado es una barbaridad sin paliativos y la segunda porque se trata de un acuerdo mercantil que tanto puede ser así o asá y que al final pagará el consumidor. ¿A qué viene, pues, este alboroto?
La quiebra de la justicia, su evidente descrédito, no viene en última instancia de su funcionamiento –elección de magistrados, politización de los nombramientos, compadreo en los tribunales, leyes ambiguas, aforamientos múltiples- sino del sistema al que sirve. Los jueces, por la cuenta que les trae, se encuentran más cómodos juzgando a un perroflauta o a un independentista que a un banquero o al yerno del rey, y no porque sean monárquicos necesariamente, sino porque los segundos tienen, o representa, al dinero. Pero eso nos pasa a todos: siempre es más fácil echar la culpa de la caída del salario al inmigrante recién llegado que hacer huelga para reclamar una subida ante los delirantes beneficios del capital. En esas estamos. La justicia que imparten los jueces es coherente con el régimen liberal que nos gobierna. En los albores del liberalismo, allá por el remoto siglo xviii, la democracia y el derecho eran censitarios. La cualidad de ciudadano/a no la daba el nacimiento sino el patrimonio. Luego vino la mandanga del sufragio universal. Las luchas sociales que siguieron hasta mediados del siglo pasado fueron debidas a los desajustes entre la virtualidad contenida en los derechos universales y la realidad del sistema económico. A este estado de cosas, los comunistas de la época le llamaron democracia o justicia burguesas; ahora, el término ha quedado anticuado y ya no sabemos cómo llamarlo, si doncasado o donrivera. A los jueces del supremo que han dictado la sentencia de las hipotecas se les ha ido la pinza, quizá porque estaban pensando en su ascenso, su amante, la cena de nochebuena o la salvación de su alma; el caso es que –sin querer- le han dado una buena patada al mobiliario. Ahora empieza la guerra entre hipotecantes e hipotecados, lo que antes se llamaba lucha de clases.