La desmemoria empezó de inmediato, obligada por la fuerza del nuevo poder totalitario; luego continuó como consecuencia del acuerdo de las fuerzas democráticas que no encontraron otro soporte al nuevo régimen que la amnesia, y así pasaron ochenta años. El tóxico polvo del olvido se convirtió en ese tiempo en un estrato rocoso que separó a la gente de su propia historia. El cineasta Clemente Bernad y la guionista Carolina Martínez han hecho un afilado diagnóstico de este estado de la conciencia colectiva en un breve e interesante documental que puede costarles dos años de cárcel.
La mayoría de los vecinos de esta remota villa subpirenaica no han visitado jamás el llamado Monvmento a los Caídos en la Crvzada [sic], un edificio que es sin embargo ineludible a la vista y parte notoria del paisaje urbano. Ni siquiera aparece en las guías turísticas, como si no existiera. Es una iglesia monumental de aire herreriano, con una opresiva cúpula semiesférica, que cierra una plaza porticada del mismo estilo y se ubica en el punto de fuga de la principal avenida de la ciudad, eje del segundo ensanche. Un bulto enfático, hermético, y envuelto en una atmósfera como descrita por Bram Stoker. La iglesia y la plaza fueron levantadas en los años cuarenta por el todopoderoso arquitecto Víctor Eúsa, que macizó la ciudad nueva de edificios religiosos de inconfundible racionalismo geométrico y penitencial y formó parte del comité paramilitar carlista que ejecutó la sangrienta depuración política llevada a cabo en la provincia en el verano-otoño de 1936. Fue una especie de Albert Speer de provincias y con escapulario. El dictador inauguró con gran farfolla cívico-militar el edificio a cuya cripta fueron trasladados los restos de dos camaradas de correrías golpistas vinculados a la provincia, uno por mando y otro por nacimiento, los generales Emilio Mola y José Sanjurjo, y de otros pocos ciudadanos de identidad privada, fallecidos en la guerra civil tras ser reclutados para las filas sublevadas en la fervorina popular –hoy también olvidada- que registró esta provincia a favor del levantamiento contra la república.
Desde hace veinte años, en que emergieron las primeras manifestaciones públicas de lo que hoy conocemos como memoria histórica, una sutil pero firme corriente sociopolítica ha empujado a un cambio de estatus del monumentosdeloscaídos. La diócesis se desembarazó de su tutela y desacralizó el recinto; el ayuntamiento recuperó la titularidad y dedicó con timidez el espacio a actividades culturales que padecieron el ninguneo que rodea al edificio; más tarde, mudaron la denominación de la plaza, bautizada con el nombre del primer ministro ¡de justicia! de la dictadura por el paradójico y blando de plaza de la libertad, que casi ningún vecino identifica de tan discreto que fue el cambio, y por último se exhumaron con igual discreción los restos de los generales golpistas allí enterrados. Fue un exorcismo en varios actos o, para decirlo en términos novelescos, sucesivas tentativas de clavar la estaca en el corazón del vampiro para impedir su resurrección. Como se verá, el vampiro aún aletea. Ahora, el debate, apenas incipiente, está en dilucidar qué destino tendrá este edificio cuando por fin se acepte que ha sido despojado por completo de su significación histórica; un debate análogo al que registrará más tarde o más temprano el mausoleo de Cuelgamuros.
En este contexto se inscribe el documental de Bernad y Martínez. Es una pequeña obra maestra de cine de intervención social y política. Sobre imágenes de archivo de la historia del edificio y otras que dan noticia de su no muy lucido estado actual, se escuchan en off las respuestas que una variada y extensa muestra de la ciudadanía da a preguntas sobre lo que para ellos significa el lugar, qué contiene, cuándo se erigió, y qué debería hacerse con él. Son preguntas neutrales cuyas respuestas ilustran la desmemoria, la ignorancia, la indiferencia y la cautela del común, y son una muestra representativa de lo que sería la opinión pública actual sobre este asunto. Los entrevistados hablan del edificio como si fuera una arquitectura vacía pero lo cierto es que, mientras acontecían los hechos que se han contado más arriba, la cripta de la iglesia era sede todos los meses de una misa en la que un puñado de partidarios del golpe franquista y su herencia -conjurados estatutariamente para defenderla, incluso con agresividad– homenajeaban a sus héroes. En su investigación, los autores del documental se introdujeron en el conocimiento de esta misa encriptada, si bien no han difundido las imágenes, y la llamada hermandad de caballeros voluntarios de la santa cruz les ha llevado a los tribunales por vulneración de secretos. El secreto de la cripta embrujada.
Esta entrada es de adhesión al manifiesto de apoyo a Clemente Bernad y Carolina Martínez ante el juicio que les espera por esta causa los próximos días 14 y 15 de noviembre en Pamplona.