Al final de un trabajo literario me encuentro con unas páginas a las que estoy acostumbrado a considerar lo que quería decir. Pero ahora, con una mayor cautela, me pregunto: ¿Son estas palabras, impresas en papel, realmente lo que quería decir? ¿Es suficiente alguna vez decir que en algún profundo recoveco de mi ser sabía lo que quería decir, tras lo cual busqué las palabras adecuadas y las combiné una y otra vez hasta decir lo que quería? ¿No sería más exacto decir que jugueteo con una frase hasta que las palabras en la página “suenan” o “son” correctas y entonces dejo de juguetear y me digo: eso debe ser lo que querías decir? En ese caso, ¿quién juzga lo que suena y lo que no suena bien? ¿Es necesariamente el yo (“yo”)?

Agradezco a mi admirado J.M. Coetzee que me haya prestado las líneas anteriores para anunciar a los buenos amigos y amigas que frecuentan esta bitácora que permanecerá cerrada por vacaciones hasta el día 8 de octubre. El autor lleva a pasear su yo para que le dé el aire y, con suerte, se le aclaren las ideas.