En la desternillante película de Billy Wilder, Un, dos tres (1961), el personaje principal que interpreta James Cagney es el director de la planta de embotellamiento de coca-cola en Berlín occidental en el momento álgido de la guerra fría. El guión desarrolla el típico delirante embrollo de mentiras y falsificaciones, característico del cineasta, pero lo que pone de actualidad su recuerdo es una anécdota reiterada en la película. Cada vez que Cagney entraba o salía de su despacho y para ello atravesaba la amplia sala de oficinas, una voz impersonal ordenaba, Aufstehen!, y decenas de administrativos y secretarias saltaban como un resorte y se ponían de pie en posición de firmes ante sus mesas. Al personaje de Cagney -un ambicioso y corrupto ejecutivo de una raza que ahora conocemos bien porque se ha convertido en el epítome del sistema- le sacaba de quicio esa muestra de sumisión y disciplina sobreactuada de sus empleados y ordenaba con la misma cómica energía, ¡¡siéntense!! Wilder, de origen austríaco y cuya familia fue masacrada en el Holocausto, ponía en evidencia de este modo el rocoso residuo nazi que permanecía bajo la formalidad de la sociedad alemana recién democratizada a la vez que narraba cómo el protagonista de su película engañaba a una delegación soviética que le visita para contratar la distribución de coca-cola en el este europeo. A la postre, la película es un cínico canto avant la lettre a la globalización liberal y a su triunfo sobre los sistemas totalitarios.

La película se hizo presente en la memoria hace unos días al tener noticia de la aparición en Alemania de una escisión de la extrema-izquierda llamada Aufstehen (En pié), que tiene la ambición de competir con la derecha neonazi de Alternativa por Alemania en el mismo terreno nacional-popular, o nacionalista-populista, si se prefiere. El objetivo de esta nueva formación es impedir el trasvase de votos de la izquierda a la extrema derecha, un fenómeno que no es nuevo (en Francia data de algunas décadas atrás cuando el extinto pecé francés rindió sus caladeros de votos a Le Pen) y se acelera a medida que se consolidan los efectos de la globalización. La desregulación y precarización del mercado laboral y los recortes incesantes en los servicios sociales han provocado en las clases que antes nutrían a la izquierda una imperiosa necesidad de protección a la que la izquierda tradicional –una socialdemocracia amortizada y, en España, un desnortado podemos– no da respuesta. La derrota de la izquierda es completa y asombrosa. Hace una década, al inicio de la crisis, se pudo creer que el capitalismo se desplomaría como se desplomó Lehman Brothers y sería pan comido tomar las instituciones, recuperar la hegemonía política y cultural y restaurar la justicia social. Ocurrió exactamente lo contrario. El capital y sus agentes políticos gestionaron la crisis a su beneficio e hicieron pagar a las clases más puteadas el coste de la vajilla rota, destruyendo el contrato social vigente y abriendo una brecha de desigualdad inédita desde el final de la segunda guerra mundial.

Dos claves explican a grandes rasgos lo ocurrido. La primera es la destrucción del estado como garante del bienestar social; la mezcla de sucesivas abdicaciones de soberanía, libertinaje fiscal y revolución tecnológica y financiera han determinado que el estado esté perpetuamente endeudado y sea más débil que las grandes corporaciones empresariales. La segunda clave está en la atribulada clase media, imprescindible para cualquier proyecto de izquierda, pero renuente a una alianza con los parias de tierra, singularmente los inmigrantes, a los perciben como perdedores y causantes de la desgracia que les asedia. La hegemonía del capitalismo neoliberal ha sido absoluta, no solo en términos materiales, lo que es obvio, sino también ideológicos. Lo que persiguen los movimientos de extrema-derecha y ahora también de izquierda nacional-populista es revertir la deriva de estas dos claves. De una parte, restaurar la soberanía del estado, devolverle la capacidad como garante de la cohesión y protección social. De otra, captar el interés de las clases medias con referentes conocidos y aceptados, que incluyen una inevitable dosis de xenofobia. Qué recorrido vaya a tener este movimiento es por ahora un misterio. Lo único cierto es que los partidos europeístas del tándem conservador-socialdemócrata están inmovilizados como un conejo deslumbrado en medio de la carretera por los focos de un vehículo que se acerca a toda velocidad.

Mañana, continuación: La solución Anguita