En algún momento de principios de los años noventa la izquierda vendió, literalmente, su alma al diablo. Yeltsin privatizó lo que quedaba de la uniónsoviética y creó una inesperada clase social postcomunista: la oligarquía rusa. China, sin modificar un ápice su estructura política y apoyada más en su tradición milenaria que en las enseñanzas del presidente Mao, abandonó la ruinosa retórica del salto y las volteretas hacia adelante y se dedicó a amasar capital. Y en Europa, la socialdemocracia consideró que la tarea histórica ya estaba hecha y era hora de pasar por caja para cortar el cupón y recibir la bien merecida jubilación. La izquierda post sesentayochista echó la persiana por cierre del negocio y, como predijo el sabio Fukuyama, la historia del mundo quedó liberada de la dialéctica de fuerzas enfrentadas para convertirse en un territorio llano y ligeramente inclinado por donde puede rodar sin obstáculos la ambición del capital a la que nada detiene, ni siquiera los estropicios que deja a su paso, como lo prueba la experiencia de la crisis bancaria de dos mil siete de la que aún no hemos salido. Diríase que, a mayor destrozo causado, más velocidad y potencia adquiere el capital en una suerte de destrucción creativa (Schumpeter dixit), impulsada por la revolución digital y adobada en la doctrina neoliberal.
La única resistencia a esta marea es la que puede oponer la democracia – un hombre (y una mujer, no sé cómo ponerlo en lenguaje inclusivo sin romper la eufonía de la consigna), un voto– y aquí hay que hacer algún distingo. Donde la democracia era una experiencia históricamente inexistente, por ejemplo, en los países ex comunistas, el capital se ha adueñado del escenario y ha recluido a la ciudadanía en el corral del nacionalismo, como se advierte en el este europeo y ahora también por estos lares. En los países occidentales, que inventaron al mismo tiempo el capitalismo y la democracia (algunos con menos éxito que otros, como España, donde ambos términos siempre han sido cojitrancos) se está produciendo una pugna en la que cada término del binomio intenta arrancar espacios de poder al otro. Ningún observador puede negar que por ahora el capital gana por goleada. La regla del juego es la siguiente: no se pueden tocar los privilegios otorgados por la democracia al capital pero este sí puede intentar ampliarlos a costa de mayores restricciones y recortes de los derechos democráticos: pensiones, salud, educación, vivienda… Las políticas fiscal y laboral son los dos campos donde principalmente se juega el partido, aunque hay otros. ¿Cuánto tiempo hace que se viene repitiendo la obviedad de que los bancos y las grandes empresas pagan impuestos proporcionalmente muy bajos y que los salarios son descaradamente insuficientes? La mayoría de la población no son banqueros, ni koplowitz, ni oligarcas rusos y verían mejoradas sus condiciones de vida con una fiscalidad más alta al gran capital y unos salarios un poco más sustanciosos. Y, sin embargo, ningún gobierno es capaz de hacerlo. Unos porque no quieren y otros (los que tocan ahora) porque tienen pánico a las consecuencias, lo cual quizá sea lo mismo. El resultado es una parálisis de la democracia a favor del capital, que no descansa nunca. Menos mal que tenemos los lacitos amarillos para entretenernos.