Dice el ministro de asuntos exteriores, don Borrell: la crisis migratoria tiene a Europa abierta en canal. La afirmación la ha hecho en un curso universitario de verano con el pomposo título de Quo vadis Europa del que el propio ministro ha sido director en ediciones anteriores y en las que cabe pensar que se llegó a conclusiones parecidas. Una de las maneras, quizá la más eficiente, de cronificar un problema es examinarlo cada vez desde la misma perspectiva y con los mismos términos de análisis. La migración no es un problema objetivo que no se pudiera solucionar o encarrilar hacia su solución si hubiera voluntad de hacerlo, pero lo cierto es que ni las naciones europeas ni sus gobiernos quieren intentarlo y a fuer de rechazar cualquier vía de solución la cuestión se está volviendo cancerosa y obsesiva. Un organismo abierto en canal, como se infiere de la afirmación del ministro, es un organismo muerto. ¿Por qué hemos llegado a este punto? Vale que el ministro se vea coartado en su libertad de expresión por el cargo que ocupa pero ¿puede explicarse  la cuestión diciendo, como dice él, que la estructura mental de las sociedades europeas no está preparada para recibir una migración de masas? Curiosamente, el ministro y el neolíder del pepé utilizan la misma palabra para definir la migración: masa, masiva, que en la realidad no es tal.

En lo dicho por el ministro en el curso de verano pueden rastrearse un par de pistas que podrían estar entre los nutrientes del problema: el euro y la pérdida de soberanía de los estados nacionales en el seno de la unión. El ministro, que es europeísta, defiende las virtudes de ambos. El euro, en efecto, es una moneda fuerte frente a la que ningún país europeo por sí solo tiene alternativa y es una salvaguarda en un mundo globalizado, y la pérdida de soberanía ha servido para cohesionar países de larga tradición belicista entre ellos. Hasta aquí lo positivo. Pero el euro y su funcionamiento han abierto una brecha de desigualdad en las sociedades que hace años que se creía restañada, con el sentimiento de inseguridad consiguiente, y la pérdida de soberanía de los estados ha tenido un doble efecto: de una parte ha dejado sin referencia a las sociedades que aún se alimentan de sentimientos nacionales (la ruptura de Cataluña es un consecuencia típica) y de otra ha eximido a los gobiernos nacionales de tomar medidas que dependen de Europa (la contradictoria actuación del gobierno del que don Borrell es ministro en los últimos casos de rescate de refugiados también es típica).

Históricamente, los países europeos han afrontado las crisis del capitalismo internacional con guerras continentales en las que los contendientes iban envueltos en su bandera nacional. Los contingentes de población movilizados para los frentes de batalla encaraban con esperanza y alegría su destino, hasta que tenía lugar el enfrentamiento de verdad. La experiencia y el rechazo a sus consecuencias son los cimientos de la unióneuropea. Ahora el enemigo está inerme, intenta asaltar la fortaleza desde las pateras y a pecho descubierto. Nos defenderemos en las playas…, etcétera. No podemos perder, proclaman los salvinis del continente, nosotros nos preocupamos por la seguridad, por la cultura y por la identidad del pueblo europeo.  Don Borrell conoce a Salvini y compañía, ahora solo falta que los europeístas tomen (tomemos) la iniciativa, que están (estamos) perdiendo.