La corrupción acabó con el poder del pepé y la pederastia de los curas puede acabar con el poder de la iglesia católica. Esta segunda parte de la proposición parece improbable para los que nos hemos criado en la prédica de la iglesia como fundación divina y eterna, pero, bueno, también los dinosaurios eran de creación divina y vivieron convencidos de que pastarían en la verde tierra por toda la eternidad. La supervivencia es un anhelo de todo organismo vivo, ya sea una colonia de hormigas o una comunidad trapense. Lo cierto es que la pederastia está extendiendo y acrecentando el descrédito y la desafección hacia la clerecía. En algunas partes del mundo, las víctimas han conseguido que la sociedad civil y sus instituciones pasen al contraataque y han obtenido publicidad de los delitos, intervenciones de los tribunales, algunas condenas penales y civiles, dimisiones a regañadientes de los obispos, indemnizaciones económicas y mucho aspaviento del papa de Roma. El mal –este mal específico- es insoluble porque nace del estatus sexual de los clérigos –la castidad es la peor de las enfermedades sexuales- y tiene lugar en el seno de lo que los mismos curas llaman una sociedad perfecta, es decir, autónoma en sus usos y hábitos internos y aforada respecto a la justicia civil. El papa argentino ha sido llevado por los hechos a comprender que reina sobre una pirámide delictiva y de ahí sus nerviosas y erráticas proclamas, que ora desafían a las víctimas, como hizo en los casos denunciados en Chile, ora claman al cielo por el escándalo desvelado en Pennsilvania. Si don Rajoy no podía gobernar por le estallaba un episodio de corrupción cada día, al papa le ocurre lo mismo con las sórdidas querencias de sus pastores. Ya se han oído voces en algunos ámbitos católicos que piden la dimisión del pontífice.
No en España, desde luego. En este país donde los ministros de la iglesia católica operaron durante cuarenta años como señores feudales en sus parroquias, diócesis, colegios de enseñanza y centros asistenciales, no ha salido a la luz casi ninguna denuncia por abusos sexuales de los clérigos, que los hubo, y a montones, necesariamente. Hay una hipótesis explicativa: ser católico en España es como ser monárquico, no cuesta nada. Ambas instituciones cumplen una función narcótica y aceptamos que el rey le ponga un palacete a su querida junto al domicilio de la casa real y damos por supuesto que un monaguillo puede ser manoseado por el cura después de misa. Nadie es abiertamente partidario de la monarquía del mismo modo que son muy pocos los católicos a los que la práctica de la religión les significa algún sacrificio. Ambas son instituciones huecas, bajo cuyo techo cabe todo, pero forman el engrudo que nos identifica como sociedad. Impregnan el armazón que sostiene la cúpula del tinglado y cualquier intento de negarlas que pretenda trascender el ámbito privado es considerado delito de lesa patria. ¿Que hay curas abusadores? Claro, igual que hay termitas en el vigamen, pero no por eso vas a demoler la catedral.