Un aire malsano flota sobre la conmemoración del aniversario de los atentados de Barcelona y Cambrils. El recuerdo de las víctimas se ha convertido en un indeseable paisaje de fondo para ventear las fobias entre los vivos y sobre todo entre sus egregios representantes. No es la primera vez que ocurre. El mismo clima cainita se experimentó en los atentados de Madrid de dos mil cuatro, que produjeron dos versiones distintas y contradictorias de lo sucedido. Una, la oficial y real, concluyó en los tribunales; la otra, imaginaria, se afincó en la opinión de una parte del país y aún anida en su cabeza a la espera de otra oportunidad para manifestarse. Entretanto, mientras el caso estuvo abierto, una parte no cesó de azuzar su ira contra la otra. Las víctimas se convirtieron en buenas o malas según quién lo dijera. Nos ha tocado en suerte una sociedad tribal y no comprendemos que el mal se produzca fuera de nuestras obsesiones previas. Los chicos de Ripoll, que perpetraron los asesinatos, parecían buena gente, según sus convecinos, así que no cuentan para el interés del relato; lo que al parecer interesa son los tejemanejes, las omisiones y componendas de las policías y de los políticos que deberían haberlo prevenido, abortado o investigado, no con el fin de esclarecer los hechos sino justamente como munición en la pelea tribal. Es una rutina que cada atentado yihadista genere una ola de confusión y mala fe que, curiosamente, tiene su origen en las instituciones políticas, quienes las ocupan y sus entornos mediáticos, y prende como la yesca en sectores de población, si no numerosos, sí significativos. Frente al estoicismo de la sociedad, los prebostes no dudan en caer en una deliberada y tóxica ofuscación.
En cuanto a las víctimas, o son nuestras o no son de nadie. Aquí los muertos no se recuerdan, se poseen. No es, pues, extraño que las víctimas de Barcelona se sientan huérfanas. Nadie parece quererlas o sentirlas como suyas. Los terroristas asesinaron a dieciséis personas e hirieron a más de ciento treinta. Hay una enseñanza política e histórica en este caso. El atentado tuvo lugar en uno de los más famosos lugares multiculturales y cosmopolitas del mundo globalizado y se llevó a cabo en nombre de una doctrina nihilista, abstracta y universal. Las víctimas pertenecían a más de treinta nacionalidades. No se requiere mucha perspectiva para adivinar que estamos ante el síntoma, otro más, de un tiempo nuevo, que exige elevar la mirada y ampliar el foco. Pero aquí nos sorprendió dirimiendo un pleito doméstico del siglo diecinueve; un expediente irresuelto que se reabre de tanto en tanto y que nos cuesta ingentes recursos económicos y políticos. El pleito continúa y en estas semanas previas al aniversario del atentado ha revestido formas obscenas. Mañana las víctimas de las Ramblas serán olvidadas por segunda vez apenas se disuelva la protocolaria manifestación conmemorativa.