La joven Patricia ha regresado a casa, con su padre. La historia es conocida porque ha sido uno de los seriales noticiosos del verano. La muchacha fue seducida a través de internet por un gurú al otro lado del Atlántico y cuando cumplió la mayoría de edad abandonó la casa paterna y se fue con el seductor, que la confinó en una andurrial de Lima, primero, y en la selva peruana después, en una secta en la que la muchacha fue sometida a sevicias sexuales y donde tuvo un hijo en circunstancias típicamente novelescas de miseria y sometimiento. Su padre inició la busca de la hija desaparecida, descubrió el lugar donde se hallaba y con ayuda de la policía local logró la detención del raptor y el retorno de su hija con el bebé. Cualquier mediano lector de ficciones descubre en esta historia de seres perdidos en ciudades destartaladas y selvas azarosas ecos de las primeras y gloriosas novelas de Mario Vargas Llosa y era imposible que el autor de La guerra del fin del mundo no se sintiera interpelado por la historia, de modo que le ha dedicado una de las homilías que cada domingo publica en el diario de referencia.

Don Vargas está muy lejos del tiempo en que descubría el mundo y nos arrastraba a descubrirlo con él y en esta tesitura confiesa que puede imaginar la historia perfectamente. En su pluma, el relato de Patricia adquiere un tono desdeñoso y paródico, de cosa ya sabida. La muchacha es la españolita y el rufián que la captó el doctor Gurdjieff; el padre que intenta rescatarla aparece como el héroe de la historia, según los periodistas,  pero en realidad es un comerciante de levadura, que tuvo que sobornar a los policías peruanos para que le ayudaran a encontrar a su hija, pues es sabido que los policías de aquella parte del fin del mundo son corruptos, indolentes y desatendidos. Por último, el rufián, un técnico electricista que anunciaba el fin del mundo y prometía a las pupilas de su harén la salvación en este trance, resultó un aldeano narciso que tras ser detenido requirió un peluquero para posar ante los reporteros gráficos.  Si esta historia es un material deleznable para un buen relato, ¿qué impulsa a don Vargas a glosarla para sus lectores? La respuesta es: una prédica moral. O dicho de otro modo, una pieza de propaganda ideológica.

En el sesgo que el premio nóbel imprime a la historia, los agentes del relato –el padre, la policía, la prensa- han perpetrado un ataque contra la libertad de Patricia. La españolita en bombachos floreados, de anatomía filiforme, con su bebita en los brazos y una mirada fija y serena, de quien desafía al mundo porque sabe que es suya la verdad. Aquí está la clave. La muchacha condenada a vivir en condiciones materiales y psicológicas que ni don Vargas ni ninguno de sus lectores aceptaríamos, engañada, arrancada de su entorno, sometida a través de la maternidad y sumergida en un régimen esclavista era libre porque había decidido dejar la casa de sus padres para seguir al gurú. La mirada fija y serena delata que está donde quiere estar. El escritor medio se burla y medio se indigna de que quieran desprogramarla del hechizo del raptor, de que quieran salvarla e incluso de que sus padres la esperen con los brazos abiertos. El desdén no es solo por el convencional sentimentalismo de estos tópicos sino porque cree saber que estas acciones puedan aniquilar a Patricia: ¿Y si la convierten en una muchacha bien comida, bien vestida pero sin rumbo, desdichada, convencida de que, como persona normal, ha perdido su alma y razón de vivir? , se pregunta. ¿Qué es lo más justo? Yo creo que dejarla hacer lo que a ella le parezca, lo que la haga sentirse mejor, respetar el destino que ella elija para la pequeñita que engendró en los brazos de aquel Príncipe de pacotilla. Es una reflexión asombrosa y terrible. Un individuo bien alimentado, cultivado y seguro, en la cúspide del bienestar económico y de la aceptación social, entiende que un semejante podría estar privado de libertad porque le ayudan a, o le desprograman para, que deje de pasar hambre y de someterse a las sevicias que le impone quien tiene poder sobre él en nombre de una engañifa religiosa, política, económica o de cualquier otra naturaleza. La libertad deja de ser la condición de la emancipación humana y, en la ideología neoliberal de la que don Vargas es un conspicuo predicador, se convierte en la coartada para aceptar la esclavitud, o mejor dicho, para mantenerla sobre otros.  Es la clase de argumento que inspiró la famosa réplica de Lenin al socialista español Fernando de los Ríos: libertad, ¿para qué?