Titular de prensa del primero de agosto: La previsión de ‘otoño caliente’ en Cataluña hace peligrar el plan de deshielo de Sánchez. En sentido literal es una afirmación absurda pues ¿qué puede favorecer más el deshielo que el calor? Pero no es el único rasgo inquietante del titular. El deshielo es tradicionalmente un fenómeno primaveral y en otoño empieza, o empezaba, el frío y con él la bufanda y los zapatos de suela de goma. Son recuerdos de la infancia que se abren paso trabajosamente en esta pesadilla de aire acondicionado (Henry Miller dixit) en la que pasamos los días. El caos meteorológico ha alcanzado a la retórica y las palabras frío o calor han perdido su significado prístino para convertirse en un juego de gráficos, de señales y de estadísticas en las innumerables aplicaciones digitales de las que nos hemos provisto para estar informados en tiempo real, como se dice ahora, de la atmósfera que nos rodea. En la tele, los agricultores se quejan rutinariamente del pedrisco que ha arruinado las cosechas, como si aún vivieran en el tiempo en que todo eso significaba de verdad hambrunas, despoblamientos, migraciones y muerte por último. A este lado de la pantalla, en el reino del aire acondicionado, el espectador asiste a estos episodios como a un capítulo ya visto de una serie interminable, que se emite inmediatamente antes o después de otra serie sobre la inundación que arrastra vehículos y árboles por las calles de alguna ciudad que nunca es en la que vives. Es el bloque del telediario típicamente estival llamado catástrofes naturales.
La meteorología solo tiene entidad real a muchos kilómetros de aquí, en otra galaxia, y tenemos noticia indicativa de sus efectos por los náufragos que arrastra hasta nuestras playas, y por la consiguiente discordia que su acogimiento suscita entre nosotros. La consigna es: los refugiados y migrantes vienen a robarnos el aire acondicionado. Es una consigna de extraña y fulminante eficacia. Apenas la oye, el espectador siente que le falta el aire en los pulmones y un sudor frío le recorre el cuerpo. No importa que su huerto haya sido arrasado por una torrentera y su casa abrasada por un incendio foestal, eso lo paga el seguro (con suerte y paciencia), pero no puede consentir más náufragos deshidratados, que vienen a nuestra casa porque también quieren ver las inundaciones y las sequías en la tele. En la sociedad hipertecnológica, la meteorología no ha dejado de ser la superstición que ha sido desde el origen de la historia, y su manipulación está, como entonces, en manos de brujos, que esta vez se llaman don Casado (este aprendiz), don Puigdemont, etcétera, y el mayor de todos, don Trump.