En la carnicería, sábado por la mañana. Vuestros hijos, ¿van con vosotros de vacaciones?, pregunta la clienta al carnicero que la atiende. Buf, qué va, esos ya van a su aire, responde el interpelado. Entonces, podéis ir como novios, hurga la clienta con la liviana inocencia con que una mariposa revolotea sobre las flores. El carnicero deja sin respuesta la observación, concentrado en la pieza de carne de la que extrae un chuletón. Le faltan dos dedos de la mano izquierda que invitan a pensar que los perdió en un trance como el que atraviesa ahora. La cabeza le funciona a toda velocidad para recuperar el equilibrio y no perder más dedos. Vosotros, ¿vais a Hendaya?, replica al cabo de unos instantes lentos y grávidos. Sí, como todos los años, responde elusivamente la mariposa levantando el vuelo. La aventurada conversación languidece de inmediato para convertirse en un intercambio de fórmulas comerciales – pesa tanto, ¿está bien así?, sí, ponme también una pechuga de pollo, ¿quieres una bolsa?, no, vendré luego a recogerlo– y la puerta entreabierta al país de las maravillas se cierra de nuevo en el muro salvífico de la convención social. A cierta edad, la vida se ha convertido en un laberinto inextricable y es inquietante que tu única herramienta para abrirte paso en la perplejidad que te envuelve sea un cuchillo de carnicero que parece que pueda seccionar la realidad en dos partes incomunicables.
La filmografía del gran Claude Chabrol registra una peli con este título, en la que un carnicero de provincias es de día un tímido y entregado pretendiente de la maestra del lugar y por la noche, un feminicida en serie. El cliente que asiste como espectador a la escena se deja invadir por el recuerdo de la bellísima Stéphane Audran y vuelve a sentir el cálido verano, que parecía eterno, en que iba por el mundo de novio. Debe ser la misma emoción, ligeramente eufórica, que ha inspirado la impertinente pregunta de la clienta y el bloqueo armado del carnicero. Stéphane Audran, magnética, seductora, se empeña en seguir junto al cliente cuando este cree oír por segunda vez, ¿qué va a ser?, ¿eh?, le pregunto qué le pongo, ah, sí, unas lonchas de queso, jamón, caray, ya no sé ni lo que me digo, de punta, o mejor de contra… el cliente esboza una sonrisa exculpatoria y exhibe sus credenciales de viejo para explicar su confusión: ya no sé ni lo me digo. El carnicero devuelve la sonrisa mientras pasa la pieza de jamón por la cortadora eléctrica.