Si quieren hacer algo de provecho por la feminización del idioma, ahí va una propuesta: eríjase en el vestíbulo de la sede de la real academia un monumento –busto y placa- a María Moliner, que encarna el mayor esfuerzo individual a favor de la lengua castellana desde Cervantes, mucho mayor por cierto que todos el de todos los académicos presentes y pasados juntos, y a la que jamás concedieron la entrada en la augusta casa. El monumento sería un recordatorio, no solo de la altísima calidad del trabajo lexicográfico de Moliner y de las adversas circunstancias en que lo llevó a cabo, sino también de que el lenguaje no es sexista; lo son (somos) quienes lo utilizan (utilizamos). Y otra propuesta adicional: hágase una auditoría en términos cuantificables de la aportación personal de cada académico vivo en el ámbito de la filología, la gramática y la literatura, despídase a los que no alcancen un baremo mínimo y que su sillón sea ocupado por las más creativas y competentes de las innumerables novelistas, ensayistas, traductoras y catedráticas de lengua y literatura, que trabajan a menudo en condiciones tan azarosas como las que rodearon a María Moliner. La elección de las nuevas académicas podría hacerse por comadreo entre las interesadas, del mismo modo que los actuales académicos se eligen por compadreo de sus colegas varones, sin dar explicaciones públicas de las razones que han llevado a tal o cual elección y de lo que hay ejemplos egregios, como la ya remota elección del difunto duque de Alba para el sillón T. Mi cursi favorito, calificaba el amigo Quirón a aquel untuoso académico del que se decía con razón que solo había escrito prólogos. En resumen, que tras este tratamiento la rae exhibiría una envidiable paridad de género, para decirlo con la muletilla al uso, y las académicas introducirían una perspectiva de género sin violentar la lengua común ni los venerables usos de la casa.
Hay dos obviedades en este asunto, a saber, que la rae es un club masculino cuasi privativo y que el lenguaje y su administración, de la que se encarga la academia, expresa las relaciones de poder en la sociedad, por lo que parece una operación de despiste la ocurrencia del gobierno de solicitar a la academia un informe sobre la adecuación del texto de la constitución a un lenguaje inclusivo, correcto y verdadero a la realidad de una democracia que transita entre hombres y mujeres. De entrada, llama la atención en el requerimiento el culteranismo de la democracia que transita entre hombres y mujeres; parece un verso de Góngora 3.0. La democracia transitiva, transitoria, transeúnte, transida… deja de ser la roca inamovible en la que se asienta la nación para convertirse en un delicado vals de identidades. Pero volvamos a la cosa. El resultado del informe de la academia, si llega a hacerse, va a ser decepcionante para las expectativas de quienes apoyan la solicitud. Primero, porque la misión de la rae no es inventar la lengua sino conservarla, así que pocas objeciones van a hacer a un texto sobre el que nada han objetado durante cuarenta años. El malestar que provoca el español en ciertos sectores de sus hablantes (me excusarán de que no escriba hablantas) tiende a resumirse en el adjetivo inclusivo, para designar un presunto déficit de una lengua de la que no puede decirse con fundamento que sea excluyente. La fórmula de suplantación del plural genérico por la jaculatoria /os y /as no puede aspirar más que a una función litúrgica y de cortesía, del mismo tipo que antes se decía señoras y señores para dirigirse a un auditorio público, sin que esa distinción grapada con la conjunción copulativa significara ninguna clase de igualdad de aludidos y aludidas. Tampoco la expresión sindicalista, los trabajadores y las trabajadoras, acorta la brecha salarial ni impulsa la carrera profesional de las mujeres. En fin, mientras la realidad se resiste al cambio, entretengámonos con las palabras que la nombran.