El actor Guillermo Toledo es un comediante notable y un estrepitoso agitador. Él  gusta de llamarse activista pero la única causa que defiende es la suya propia. Su narcisismo de titanio le acoraza contra el mundo y el histrionismo acreditado por su oficio le garantiza un insolente dominio de la escena en los platós de televisión a los que es convocado sin tregua por la excelente razón de que aumenta la audiencia. Vivimos tiempos propensos a la parodia y es inevitable que aparezca en el foro un cómico, entre bufón de maneras  y mesías de vocación, que aplica perogrulladas de monologuista para ofrecer a su fascinado público un relato que es una enmienda a la totalidad de la realidad convenida. Populismo de la mejor cepa. El italiano Beppe Grillo, que ha conseguido situar al movimiento por él creado como socio del gobierno más reaccionario y peligroso que ha tenido su país desde Mussolini, es el ejemplo más notorio y próximo ahora mismo.

Hoy tampoco acudirá el comediante Toledo ante el juez  para responder a la demanda de una llamada asociación de abogados cristianos por algunas groserías que dirigió contra los iconos del retablo. Pero, ay, estas expresiones procaces, tan incrustadas en el  habla y tan frecuentadas por los hablantes, son ahora delito, concesión del gobierno del pepé a los meapilas del país y circunstancia que don Toledo paladea con auténtica fruición. El artículo que ampara la demanda es una muesca talibanesca en el código penal pero también un guión fantástico para el espectáculo. Los abogadillos se van a encontrar con un antagonista formidable en el teatro del juicio. Acusadores y acusado tienen una relación simbiótica, se necesitan mutuamente. Ambos defienden, no derechos cívicos ni intereses materiales, sino ideas abstractas en la mejor tradición medieval. Muy bien podrían los togados ir al foro de hábito dominico o franciscano y la coronilla pelada, y el reo con la caperuza de cascabeles y la sonaja de bufón.

La denuncia y la requisitoria judicial han proporcionado al comediante una palanca irremplazable para proyectar  su imagen. Ya tiene una causa concreta y personal en la que colgar la causa general y abstracta en defensa de los parias de la tierra. Él es ahora el perseguido; ya tiene la prueba empírica, en papel timbrado, de que esta democracia es una mierda. A partir del ahí, el guión del monólogo sale de corrido. La persecución judicial le ha proporcionado un circuito de bolos por diversas televisiones del país. Las orientadas al humor le dejan que tire de carrete a su aire. Otras le toman en serio y le oponen interlocutores que están en otro registro y a los que zarandea sin misericordia, encantado de haberse conocido. Es lo que hizo ayer en el programa señero de don Ferreras. Que siga el espectáculo.