Por fin una noticia que podemos entender los sesentones en este mundo que muda a velocidad de vértigo  ante nuestros despavoridos ojos. Una noticia que nos devuelve a la edad en que la realidad estaba ordenada y regida por una jerarquía de valores y autoridades aceptados por todos, ya fuera de grado o por la fuerza. Una noticia que llega de aquellos buenos viejos tiempos en que debías salir a la calle peinado con agua para domesticar los mechones crespos de la cabellera que con tanta vanidad exhiben ahora los jóvenes. Un cura abofetea a un bebé porque lloraba durante la ceremonia de su bautismo. El cuñado portador del inevitable dispositivo móvil que ha grabado el suceso es el antropólogo involuntario que documenta un hábito de la no tan remota antigüedad, un ritual de la tribu que está vigente porque lo quieren, quizá lo necesitan, quienes se someten a él. La escena es atrozmente anticuada y, en ese sentido, encantadora.

Los padres llevan al bebé a la pila bautismal  donde los recibe el preste ataviado de ceremonial, que toma al neófito en sus brazos. El crío llora. El cura, viejo, de cráneo yermo, rostro anguloso y piel traslúcida, lo toma en sus brazos e intenta apagar el llanto con zalemas de quien recibe a un viajero en la casa de la verdad  y a las que el neófito es impermeable. Un malestar que parece metafísico le posee. Berrea. El cura siente que un pensamiento emerge de la sentina de su formación teológica: es satanás el que posee a la criatura y ¡zasca! le arrea una hostia porque nunca es lo bastante pronto para que se manifieste la justa ira de dios. Y de inmediato otra más, por si no hubiera sido bastante con la primera. Los padres, gente de moral laxa y acomodaticia como la de la mayoría de los católicos actuales, se indignan ante la reacción del cura porque en realidad no saben ni lo que están haciendo. El bautismo es ocasión de júbilo y nada hay más discordante que el rechazo de quien está llamado a recibir la gracia, aunque sea un crío de pocos meses. San Agustín sabía que Cam, el hijo de Noé, había nacido poseído por el diablo porque en la cuna no paraba de reír. Así que, ante la pila del bautismo, ni risitas ni llantinas, sino una actitud arrobada, oferente y confiada, como se ve en las estampas.

Desde el golpe de mal jinete que se dio Saulo de Tarso camino de Damasco, la manifestación de la gracia divina mediante la violencia ha tenido largo predicamento. Los españoles de mi generación hemos sido testigos y receptores de innumerables bofetadas destinadas a enderezar nuestra conducta a los ojos de dios. La que quedó indeleble en la memoria de este escribidor la recibió su amigo y convecino Ramón en una sesión de catequesis previa a la primera comunión. Formábamos un semicírculo sentados en bancos corridos, que presidía un cura de filiación falangista (entonces los curas eran, o carlistas o falangistas, igual que ahora los banqueros son del pepé o de ciudadanos). Algo debió hacer Ramón que incomodó al preste, el cual le ordenó que se levantara y se acercará a él. El chico se malició lo que le esperaba y obedeció la orden cubriéndose la cara con los brazos y, frente al cura, esperó. Reza el credo, le ordenó este. Ramón miró al cura con suspicacia por encima de sus brazos cruzados sobre la cara y empezó la recitación: Creo en dios, padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, creo en jesucristo, su único hijo…, y a medida que la atención del catecúmeno se sumergía en la tibias y melodiosas aguas de la fe, le invadió la confianza y fue relajando la guardia y poco a poco los brazos, antes tensos y alzados, caían mansamente a la posición de reposo a lo largo del tronco. Ramón se había convertido en un ángel cantarín: … creo en la santa iglesia católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida perdurable. Y fue entonces, cuando Ramón concluyó su confesión de la fe, que el cura se levantó como un oso sobre sus cuartos traseros y le asestó el zarpazo más descomunal que puede imaginar y sufrir un niño de siete años. Ramón dobló la rodilla pero contuvo a duras penas el llanto, como un valiente. La imborrable memoria recuerda su cara, presa del dolor, la sorpresa, la vergüenza, la ira. Amén, zanjó el cura.