La fiesta de la democracia del pepé ha estado a punto de chafarse cuando han descubierto que no habría casi participantes. Ya saben aquello de, muchos serán los llamados y pocos los elegidos. Un exiguo goteo de votantes ante la urna vacía es un espectáculo insoportable, propio de una institución en estado de desguace y no del primer partido del país. La exigencia de que los afiliados estén al corriente del pago de sus cuotas para participar en las primarias ha ocasionado el primer choque con la realidad en un partido acostumbrado a viajar en globo, porque el número de afiliados cumplidores representa una minoría insignificante en la masa de tropecientos mil carnés de la que alardea la propaganda oficial. La base del pepé había decidido vivir de gorra su militancia, como sus dirigentes y la gente guapa que el partido representa. Si estos cobran en sobres opacos  y no pagan impuestos, qué autoridad va a obligar a  la base  a pagar la cuota. Los tesoreros, don Bárcenas y compañía, han estado estos años a otra cosa. La desafección de la derecha hacia su partido matriz no está en el voto, porque cualquier cambio será a peor para sus intereses, sino en la cuota, en el impuesto, la tasa, la gabela. Era otro de los encantos del partido, si no el principal, cuando era una monarquía hereditaria. El dinero llegaba de no se sabe dónde, como a los bolsillos del rey propiamente dicho, y ahora que se ha convertido en una república democrática resulta  que hay que estar al corriente de pago para tener derecho al voto, como un estudiantillo que ha de hacer las paces con hacienda si quiere obtener una beca. ¡A nosotros, que en los buenos tiempos nos bastaba con extender la mano para que nos llovieran másteres y licenciaturas gratis total!

Si otra cosa no, el pepé es una organización apañada y con experiencia en estos trances. Si restauraron la honorabilidad de una horda de defraudadores de hacienda que tenían el dinero alojado en paraísos fiscales mediante una amnistía a precio de ganga –que luego resultó inconstitucional, pero, a quién le importa-, ¿habría de faltarles tiempo para resolver el déficit democrático de una militancia renuente a cumplir sus compromisos económicos con el partido? La solución fue inmediata, como en la amnistía fiscal: los morosos pagan veinte euros y pueden votar tan ricamente a su preferida o preferido en las primarias. La solución es tan sencilla, cómoda y democrática, que bien podría extenderse a categorías cívicas en la periferia de la sigla: inscritos, simpatizantes, compañeros de viaje, activistas de movimientos sociales, damas del ropero parroquial, monjas de clausura, y otros, como hace la izquierda. Qué caray, puestos a ser republicanos no vamos a ser menos que en el pesoe o podemos. Nos encontraríamos en las esquinas del barrio con mesas petitorias en las que los voluntarios preguntan al transeúnte si vota o le gusta el pepé y, si la respuesta es afirmativa, le entregarían una papeleta de voto para las primarias por un óbolo de veinte euros. Por un billete azul se podría votar a Joserra; hay inversiones más onerosas y menos prácticas. Y ya en la querencia de la derecha, las papeletas de voto podrían tener impreso el nombre del candidato y estaríamos en la onda de las redes clientelares de la Restauración, que tanto gustaban a don Fraga. Claro que en la época de Cánovas era el candidato el que daba veinte euros o su equivalente en la época al elector para comprar su voto y ahora sería al revés, pero aquello era una monarquía constitucional y esto, ay, es una república.