En el mercadillo dominical de la Postdamer Platz de Berlín, algunos tenderetes venden parafernalia militar del siglo pasado: gorras, guerreras y piezas de equipamiento de los ejércitos nazi y soviético. Un detalle significativo se distingue entre las mercancías: la esvástica prendida en los uniformes y cascos de combate del ejército nazi se muestra cuidadosamente oculta bajo un parche de cinta adhesiva ad hoc puesto por el vendedor, como si lo que se quiere ocultar fuera una imagen pornográfica que habría de ofender la sensibilidad de paseantes y clientes. La razón legal es que la exhibición de la esvástica es un delito. Pero hay algo más hondo, los alemanes han conseguido asociar el régimen de Hitler con su propia vergüenza histórica, y, al menos en público, es inimaginable encontrar ninguna señal de comprensión y menos de elogio hacia aquel régimen. Nadie espera un pudor semejante en las parafernalias militares y falangistas españolas con que se comercia en El Rastro madrileño. Conviene tenerlo en cuenta cuando se afirma que en países como Alemania o Italia sería inimaginable un monumento de homenaje a un dictador fascista como el que se levanta en el valle de Cuelgamuros, ahora que el tema ha vuelto a la agenda pública con el nuevo gobierno socialista.

Para que Alemania haya enterrado el régimen nazi fue necesario que los aliados destruyeran casi por completo la estructura material del país, derrotaran a su ejército y ocuparan el territorio durante largo tiempo. No fue solo el final de un régimen abyecto sino una humillante catástrofe nacional. En estas condiciones, la democracia liberal en occidente y la dictadura comunista en el este eran la única salida posible, y el olvido del régimen anterior, un prerrequisito irrenunciable para la supervivencia del país.  A su momento, la democracia se extendió a todo el territorio y la vergüenza por el régimen nazi quedó como seña de identidad de la nación. En cuanto a Italia, ha permanecido en la retina del mundo el cuerpo sin vida del dictador colgado por los pies de una marquesina después de que lo ejecutasen los guerrilleros antifascistas que le habían capturado. No es fácil restaurar el culto a un jefe al que se ha visto colgado como una res sanguinolenta. El historiador franquista Ricardo de la Cierva dejó escrito en algún papel que Franco vio el destino de su aliado Mussolini y empleó todos los recursos a su disposición para no terminar como él. Y lo hizo con éxito. En el interior, mantuvo la cruenta represión contra sus opositores democráticos, pero hacia el exterior, hizo valer su ambiguo papel en la guerra mundial y la necesidad de estabilidad de postguerra que apadrinaba el amigo americano para mantenerse en el poder. Así discurrieron las siguientes tres décadas, al término de las cuales, cuando llegó el fin biológico del dictador, había conseguido dos grandes objetivos. En el interior, que no hubiera para los españoles otra referencia que el régimen franquista, visto por quienes habían nacido y crecido bajo su férula como una especie de dictablanda más o menos severa o bonancible. Al exterior, había conservado la confianza del patrón americano, que, cuando llegó la hora del cambio de régimen, estaba más preocupado por la estabilidad geopolítica de este rincón del planeta que por la democracia española. Este fue el contexto de la hoy denostada transición: un acuerdo democrático sobre las instituciones y los procedimientos para el futuro, pero no una ruptura con el pasado, que había moldeado las conciencias y en gran medida había definido el relato histórico dominante sine die (una lección sobre lo duraderos que son los relatos escritos por criminales para los que están preocupados por la vigencia del relato del terrorismo etarra). Y así discurrieron otros cuarenta años. Una nueva generación ocupa la escena y cambia el sentido de la pregunta, ya no se trata de qué hacer con el franquismo sino cómo exorcizar su sombra.

El franquismo, que fue apoyado por las clases altas y buena parte de las clases medias, destiló un partido político, el pepé, que ahora mismo y hasta nuevas elecciones es el más votado por el censo, pero no es pensable que vaya a oponerse frontalmente a la reforma que se plantea en el valle de los caídos, entre otras razones porque acaba de sufrir un revés histórico que le mantendrá ocupado durante los próximos meses en sus quisicosas domésticas. Así que la primera fase del proceso –exhumar los restos del dictador para entregarlos a su familia- parece fácil. Ya se ha hecho con toda normalidad en esta remota provincia subpirenaica con los golpistas de casa. Pero ¿qué hacemos con el monumento? ¿Qué se hace con el castillo después de haber extirpado de sus entrañas a drácula? Sin él se queda vacío de significado. Lo que lo mantiene en pie y le da sentido es una tumba habitada, no el hueco que dejarán los huesos del tirano cuando se exhumen. Una solución es convertirlo en un atractivo turístico porque la experiencia enseña que hay turistas para todo; otra, derruirlo. Pero no parecen soluciones pertinentes ahora mismo, así que ya se habla de convertirlo piadosamente en un centro de la memoria, lo que significaría volver a la esencia del relato franquista, que considera la guerra civil como un enfrentamiento fratricida entre derechas e izquierdas al que la victoria de Franco puso fin levantando la españa pacífica y próspera en la que ahora vivimos. Ese fue el resumen que hizo a nuestros tiernos diez u once años don Andrés Romero, profesor de formación del espíritu nacional en el colegio de los escolapios y ese es, de alguna manera, el resumen de lo que propone hacer ahora don Rivera y sus colegas con el lugar.

El monumento de Cuelgamuros es una gigantesca farsa faraónica y resulta muy difícil creer que cualquier ejercicio serio de memoria democrática pueda salir de ese engendro levantado para perpetuar la memoria de una tiranía. Una alucinación se adueña de la conciencia cada vez que aparece la imagen del monumento en televisión: el estallido de una potente carga explosiva que abate la obscena cruz clavada sobre las libertades de los españoles.