Nada hay más melancólico que la presentación de un libro en este tiempo de actualidad pasajera, y tanto más si el libro versa sobre la vejez. La concurrencia a estos actos se recluta entre los próximos al autor, ya sea por afecto personal o por pertenencia generacional, lo que quiere decir en este caso que un archipiélago de cabezas grises formaba el público congregado para escuchar a nuestro vecino y amigo Aurelio Arteta, que ha dado a la imprenta un segundo volumen de meditaciones sobre la edad tardía. Arteta es un pensador grave, impermeable a la ligereza y a la ironía, un moralista tenaz empeñado en oficiar de aguafiestas (la expresión es suya), capaz de enmendar la plana, literalmente, al burbujeante Oscar Wilde. Así que la muerte -la noción de la muerte, quiere decirse- hizo de inmediato acto de presencia en su discurso. Mala suerte para los que acudieron al encuentro pensando quizá que el libro que se presentaba era un manual de autoayuda en la edad de la artrosis. Este oyente no entendía qué es  pensar en la muerte, como propone el autor, pues esta no es más que el colapso bioquímico del aparato cerebral que produce el pensamiento. Es como pedir a una bombilla encendida que piense en la oscuridad, ¿ganará por eso potencia lumínica? De modo que, por mor de la argumentación, los asistentes habíamos dejado de ser viejos para convertirnos en premuertos.

Arteta, que no es creyente, parece conservar intacta la estructura de la exigente y aflictiva moral de nuestra juventud. Para los jóvenes es necesario aclarar que el catolicismo punitivo de entonces nada tiene que ver con el que pervive en este tiempo distraído. Aquello sí que era cosa seria. Las palabras del autor encuentran eco en el público. Un interviniente en el  coloquio, de cadenciosa voz clerical, habla de miedo a la muerte y el viejo que esto escribe se siente de pronto como un ex alcohólico al que sumergen en los vapores de una bodega. Cuando abandonó el lugar como un fugitivo aún duraban los efectos de la inmersión. Se detuvo en un paso de peatones con el semáforo en rojo. Noventa segundos de espera. La principal amenaza de la vejez no es la muerte, sino la falta de tiempo. El cuerpo, el compañero de viaje que te ha llevado por las trochas de la existencia, deserta para ocuparse más de sí mismo que de ti. Los huesos se quejan, la memoria se ausenta, los sentidos se embotan. También el mundo rompe las amarras que le ataban a tu conciencia y se aleja: amores, amigos, paisajes, lecturas, devienen fragmentos encontrados en una excavación arqueológica. El viejo no esperó a que el semáforo mudara al verde y atravesó la calzada. En la acera de enfrente, otro moralista con su hijita de la mano le dedicó una mirada reprobadora. Estoy vivo, le espetó el viejo entre dientes y con una mirada que quiso ser feroz.